Siempre me he visto a mí mismo desmayándome delante de una tumba. Yo estaba solo, solo llegaba ante la lápida apoyada en el suelo y en la que había sido escrito un epitafio para alguien que me era desconocido, solo me quedaba observando el interior del nicho vacío, hueco, construido en ladrillo y yeso.
Siempre me veo pensando que una tumba podría ser algo más hermoso, mármol blanco de Carrara, o bronce, o parqué, yo qué sé, mucho ataúd decorativo para al final acabar en un agujero tapiado de forma chapucera.
Entonces pierdo el conocimiento, el mundo da vueltas por unos instantes y siento un ligero mareo. Cierro los ojos y ya sólo noto el golpe de mi cabeza contra el suelo.
Luego ya no recuerdo si abro los ojos o los dejo cerrados para siempre. Mis fantasías no llegan tan lejos. Si los abro, lo que veo es total y absoluta, opresiva oscuridad. Si no los abro, a nadie le importa, y a mí menos que a nadie.
jueves, 31 de enero de 2008