sábado, 26 de enero de 2008

Tacirupeca jarro y el bolo rofez

- Abuelita, abuelita, qué ojos más grandes tienes...
- Son para verte mejor, querida niña...
...
- Abuelita, abuelita, qué orejas más largas tienes...
- Son para oírte mejor, pequeña...
...
- Abuelita, abuelita, qué dientes tan largos y afilados...
- ¡Son para comerte mejor!
Y entonces el lobo se despojó de su disfraz e hincó sus colmillos sobre la carne fresca y blanda de la niña, y de ella empezaron a manar chorros de tibia sangre. Ella, sorprendida en un principio, trató de debatirse con fuerza, pero el lobo arrancó de un mordisco la manita que trataba de apartarlo, acabando con cualquier intento de resistencia mediante un oportuno bocado al cuello. Entonces comenzó el festín, trozos de carne desgarrada, miembros inertes y sanguinolentos, todavía latentes, el rostro de la víctima ya desfigurado por una máscara de sangre y horror.
Y la abuela, encerrada en el armario, observaba a través de la mirilla cómo el cadáver de su nieta era pasto de las fieras. Ella sería la siguiente...
Cuando llegó el cazador, ya era demasiado tarde.