El orador subió al estrado, con la cabeza gacha y restos aún del ligero rubor que bañó sus mejillas mientras solicitaba permiso para tomar la palabra. Sin levantar la vista, con evidente timidez, se dirigió al auditorio:
"Estoy aquí en busca de lo que considero justo. Todas las personas, hasta las más monótonas, hasta las más insignificantes, han gozado, según la tradición, de un momento de gloria. Todo hombre puede mirar atrás al final de su vida y recordar ese momento en el que se sintió importante, envidiado, casi inmortal como un Dios. ¿Y yo? Yo miro atrás y sólo veo la más insulsa realidad, sin grandes fracasos, sí, pero sin glorias para la historia.
¿No tiene todo el mundo derecho a su momento de gloria?
De modo que levanto mi voz, en mi nombre y en el de los que sienten como yo. ¡Reclamemos nuestro momento de gloria! ¡La vida nos lo debe! ¡Pidamos lo que nos corresponde!"
En ese momento, mientras el orador levantaba la voz, la vista y el ánimo, el auditorio se puso en pie y se desató en aplausos y ovaciones. Y el orador se adelantó un par de pasos, alzó los brazos para saludar a su público enfervorizado y disfrutó, precisamente, de aquello que había venido a buscar.
martes, 19 de febrero de 2008