viernes, 28 de marzo de 2008

La maldita cabeza reducida

Y no puedo dejar de preguntarme quién me mandaría a mí comprarle la maldita cabeza reducida al tipo aquel, que sí, que era preciosa, con sus bigotes estilo prusiano y su nariz aguileña, que pertenecía a no sé qué almirante germánico apresado en la selva brasileña por las tribus reductoras de cabezas, que si patatín, que si patatán...
El caso es que coloco la cabeza en una repisa de mi salón, junto a un florero muy bonito que compré hace años en Bélgica, y de repente el prusiano empieza a hablar, y hablar, y no calla, con una voz aguda de pitufo que por lo visto, según me he informado con posterioridad, es la voz que se les queda a las cabezas reducidas.
Y me da mucha rabia, porque con su cháchara no me deja oír mis propios pensamientos, y porque su acento berlinés me es lamentablemente indescifrable, y porque mis amigos están encantados con ella y me piden que se la regale, pero yo, pese a todo, le he cogido cariño y no me desharía de ella ni por todo el oro del mundo...