Me agota el tipo del espejo, qué pesado, siempre se coloca frente a mí y empieza a hacer muecas, a fruncir el ceño, a mirar si le han salido arrugas nuevas.
A veces gira la cabeza de izquierda a derecha mientras mantiene sus ojos fijos en los míos; en ocasiones guiña los ojos alternativamente, saca la lengua y sonríe.
Yo paso de él, es un estúpido. Cuando habla en voz alta, que es muy a menudo, pienso que se dirige a mí, pero en realidad sólo habla consigo mismo. Es un egoísta.
Y lo peor es que pretende que yo repita todos sus gestos, como un papagayo, porque soy un reflejo, dice, como si yo no tuviera personalidad propia.
Cualquier día me levanto contra su tiranía, le dedico un gesto ofensivo y me voy, a ver cómo reacciona. A ver si, por una vez, es él quien se somete a mis dictados.
domingo, 30 de marzo de 2008