miércoles, 9 de abril de 2008

Esputo

No era más que un estúpido escupitajo que había estado molestándole toda la mañana, agarrándosele a la garganta, dificultando su respiración. Había llegado el momento de expulsarlo y acabar con él. Fue una cuestión de segundos, y el esputo yacía en el suelo, inerme.
Le soprendió verlo teñido de color rojo. Se acercó. Era sangre. No había duda. Comenzó a temer por su salud. De hecho, en aquella simple mancha salivosa había algo más. Algo sólido, del tamaño de una manzana, algo que se movía con marcha regular.
Se asustó. Pensó en algún tipo de enfermedad, de parásito, dedujo que se trataba de una simple alucinación, y sólo cuando descartó todas estas posibilidades, cuando ya no tuvo más remedio, tuvo que aceptar que, lamentablemente, había echado el corazón por la boca...