miércoles, 25 de junio de 2008

Mi reino no es de este mundo

Llegó el momento en el que había perdido la cuenta de los martinis que llevaba. Eran tres, o cuatro. O más. Un par de horas antes ya había perdido la cuenta de los gintonics. Y a media tarde la de las cervezas. Y sin embargo estaba perfectamente sobrio. Hubiera podido correr los cien metros lisos si se lo hubieran propuesto. O hubiera podido escalar una montaña.
Sin embargo lo que le propusieron fue otro martini. Aceptó.
Tal vez estuviera muerto, y el cielo era eso, una enorme barra de bar indefinidamente surtida. ¿O era el infierno? Tal vez la enajenación le había llevado a separar su mente y su cuerpo, por eso se sentía tan ligero, porque él seguía allí mientras su cuerpo inconsciente trataba de orinar en el baño.
¿Tendría entrañas? Tal vez le había estallado el hígado, como en el cuento de Monzó, y ahora podía beber sin notar las consecuencias. Se palpó. Su hígado parecía seguir en su sitio, trabajando a destajo.
Debía de haber una solución más fácil a su inexplicable sobriedad. Tras unos segundos de meditación, llegó a la conclusión de que unos extraterrestres le habían llevado a algún otro lugar, lejano, cuyas condiciones atmosféricas favorecían sus intenciones de beber sin detenerse. Quedó más tranquilo con esta explicación. Miró a la camarera. Ella sí que parecía de otro mundo. Le sonrió. Le guiñó un ojo. Ella le devolvió la sonrisa, no el guiño.