Cada vez que viajo en avión, o en tren, tengo la misma catastrófica fantasía, la del tren descarrilando, la del avión estrellándose, la de pasar, en un solo segundo, de la calma a la histeria, y en otro, a la nada.
Es particularmente estremecedor el momento del aterrizaje del aeroplano, justo desde que toca el suelo hasta que se estabiliza. Entonces siento que estoy condenado, que todos vamos a morir, y tengo que elegir entre sufrir dolorosamente o regodearme en mi destino y disfrutarlo. Elijo lo segundo.
El personaje de Christopher Walken, cuando conducía y veía venir de frente un par de luces, sentía, en ocasiones, deseos de estrellarse contra ellas y acabar con todo. No es como el avión o el tren, cuando uno conduce ejerce su voluntad activa, y no la pasiva del pasajero. La de Christopher Walken, por cierto, es una fantasía que también me ocurre a mí de vez en cuando...
jueves, 24 de julio de 2008