El bosque era tupido, es cierto, las ramas se entrelazaban hasta tapar la visión del cielo y transmitir la sensación de noche perpetua. Pero aquel agujero no tenía por qué estar allí, o al menos alguien debería haber avisado, la maldita entrada a los abismos se encontraba cubierta de ramas, y yo caí en la trampa como un ingenuo jabalí.
Traté de agarrarme a las raíces que se asomaban al vacío, pero estas se me clavaban en las manos y los brazos, que comenzaron a sangrar. Ahora tengo que elegir entre dejarme caer voluntariamente a un pozo sin fondo o luchar por salvarme, sabiendo que terminaré herido y que, a la larga, mis esfuerzos serán en vano.
La sangre atrae a las fieras, desde el fondo de la sima oigo voces que me llaman, y lamento profundamente el condenado momento en el que me decidí a participar del pic-nic en el campo que me propusieron aquellos seres pequeños y diabólicos con sus vocecitas agudas...
jueves, 14 de agosto de 2008