Me dijo que cuando saliera el sol ya no estaría allí, que se iría con las brumas del alma, y que lo haría para siempre, que su presencia se borraría en el tiempo y se sumergería en el mundo del olvido, que aquellas palabras serían las últimas, que lo sentía mucho pero que no tenía más remedio que desaparecer, que esperaba que me fuera bien a partir de entonces, que no siempre las cosas suceden como deben. Y estuvo a punto de llorar.
Y yo, que odio las despedidas, sobre todo si se tiñen de melodramatismo, odié profundamente a la persona que tenía delante y deseé con toda sinceridad no haberla conocido nunca.
Y así se lo hice saber.
martes, 19 de agosto de 2008