"Debe ser que sí que hay vida después de la muerte", pensó cuando al despertar se encontró flotando sobre lo que era, indudablemente, su cuerpo yaciente. Verdaderamente constituía un cadáver exquisito, tan pálido, tan dócil, tan angelical.
A su alrededor merodeaban centenares de médicos con extraños bigotes y batas blancas tan largas que casi arrastraban por el suelo. Venían de los más diversos lugares, como podía apreciarse por su particularides en el aspecto y la dicción, y él se preguntó si su muerte era realmente tan importante como para concentrar tal número de galenos o si simplemente se trataría de una reduplicación de la visión por efecto de los fármacos.
Sentaba bien estar muerto, esa sensación de vacío, de que ya no queda nada por perder, pero aquéllos no parecían saberlo, y giraban a su alrededor entre susurros, y le tomaban el pulso y le cacheteaban el rostro, y repetían: "¡Lo perdemos! ¡Lo estamos perdiendo!", una y otra vez.
Ahora ante sus ojos se desplegaría un túnel larguísimo lleno de luces y voces de sirena; o no, mejor no, mejor sería si ante él se extendiera la nada, la auténtica Nada devorándolo todo, devorando el mundo, devorándolo a él, oscura e inclemente como las fauces de un depredador.
Fue en ese momento cuando se oyó. Era un retumbar de tambores lejanos; era un avanzar de maquinaria pesada; era su corazón, que había latido una vez, perezosamente, sólo una vez, suficiente, sin embargo, para que los médicos bigotudos cambiaran de discurso y repitieran: "¡Vive! ¡Vive!", como un mantra irreal; suficiente, además, para que él comenzara a preocuparse y a dudar si se encontraba mejor flotando en el vacío o en el cuerpo del corazón agonizante.
A lo lejos, muy a lo lejos, pareció sentirse, más que oírse, un segundo latido.
"Puede ser, sí, puede ser; quizá haya vida después de la muerte..."
lunes, 26 de julio de 2010