lunes, 9 de abril de 2012

El cofre

     En la costa irlandesa, unos pocos kilómetros al norte de Galway, en un promontorio que se levanta sobre un acantilado en el que una mar furiosa y desagradecida golpea con sus olas durante la mayor parte del año, se encuentra construido un pequeño santuario.
     Es un paraje solitario, pues son pocos los que a él se acercan. El santuario, sin embargo, desprende una belleza especial, una blancura y pureza que contrasta con el gris y el verde circundantes.
     En su interior se observan curiosos grabados, de origen y significado desconocidos y que parecen, no obstante, preparar al circunstancial visitante al descenso hasta el sótano, excavado en la húmeda roca.
     Allí siempre hace frío. Corrientes de aire hacen pensar en comunicaciones desconocidas, en oscuros pasadizos, en aberturas ocultas entre piedra y barro. Es allí en el sotano donde, según dicen, se encuentra un altar de piedra sobre el que descansa, desde el principio de los tiempos, un cofre de madera.
     No parece, a simple vista, una pieza muy valiosa. Un simple cofre de madera. Cuenta la tradición, no obstante, que quien se acerca al cofre se ve a sí mismo, en su interior, como realmente es. Es difícil explicar cómo puede esto ser así, pues de entre los visitantes que se recuerdan algunos se marcharon para no volver y otros hicieron voto de silencio y cuidaron el cofre como un amuleto hasta su muerte. El último de estos privilegiados murió hace un par de siglos. La inmensa mayoría de la gente, todos desde entonces, observa el cofre y lo ve vacío, sin nada en su interior.
     Por otra parte, hay quienes, en las noches más oscuras y tenebrosas, dicen haber oído alrededor del santuario voces y risas. Se dice que son las almas de los que murieron en su interior, o las de los que no vieron nada, que quedan atrapadas en el cofre. Los más escépticos achacan el fenómeno al simple rebotar de las olas y el soplar del viento; los más fantasiosos, por su parte, piensan que es el cofre, el propio cofre que ríe y se burla de los estúpidos humanos, tal vez por no poseer nada en su interior o, tal vez, por ser incapaces de verlo.