- Siga a ese coche, rápido.
Benito miró por el retrovisor, un tanto alarmado. Lo que vio a través de él, sin embargo, le obligó a girar el cuerpo y comprobar la realidad de lo que sucedía en el asiento trasero de su Seat. Una chica había abierto la puerta y se había colado allí exigiendo que se saltara el semáforo en el que se encontraba detenido.
- Vamos, rápido, siga a ese coche.
El semáforo seguía en rojo. La frase, desde luego, era sugerente, esa frase que todo taxista siempre ha querido oír, al menos en las películas.
Pero él no era taxista. Además, estaba ocupado. Tenía que pasar por el súper y comprar pasta para la cena. Esa noche, por otro lado, tenía que rellenar varios informes de evaluación. No había tiempo para tonterías.
- Maldita sea, que se van. ¡Vamos!
La chica mostraba una actitud un tanto impertinente, justificable tal vez por algún tipo de situación apurada en la que pudiera encontrarse. Era bastante atractiva, por otro lado; y hablaba de usted, lo cual revelaba un cierto nivel de educación y respeto hasta en las peores circunstancias...
- ¡Allí, corra!
Benito alegó rápidamente que el semáforo estaba en rojo, que el tipo de vía prohibía la circulación a más de 50 km/h, que tampoco su Seat es que corriera tanto como para perseguir a... entonces se fijó en el objetivo de la persecución, un todoterreno negro y enorme, ocupado por un par de tipos inquietantes con gafas de sol y trajes sumamente elegantes y, por supuesto, sumamente negros.
La chica, al borde de la desesperación, farfulló una historia sobre conspiraciones, hombres de negro, golpes de estado, entidades cibernéticas y una serie de conceptos que Benito no terminó de comprender. El todoterreno comenzaba a girar en una esquina y, por tanto, a perderse de vista.
- Venga, maldita sea, ¿es que he ido a meterme en el coche del tío más mojigato de la ciudad?
¿Mojigato? Benito miró a la chica, que le parecía más mona cuanto más se enfadaba. Pensó en sus informes, en la ensalada de pasta, en el semáforo que seguía en rojo, en las entidades cibernéticas, en la palabra "mojigato", cuyo uso revelaba sin duda un profuso acervo cultural, y en la posibilidad de que semejante calificativo pudiera describirle con acierto.
Luego pisó el acelerador, se saltó el semáforo, casi provoca un accidente con un camión, casi atropella a un peatón, casi se lleva por delante un quiosco de prensa y casi destroza los bajos del Seat con el bordillo de una acera. No supo muy bien por qué había hecho todo eso, pero cuando giró en la esquina, en persecución de los malvados hombres de negro, ni siquiera se molestó en poner el intermitente...
jueves, 12 de abril de 2012