lunes, 23 de abril de 2012

No quisiera tener que matarte

     El escritor se sentó ante la pantalla y comenzó su tarea. Nada podía quedar en manos del azar. Escribir era una labor meticulosa, en la que cada detalle debía ser tenido en cuenta. Y perpetrar crímenes, también.
     Lo mejor que tenían las novelas de crimen y misterio es que te permitían cometer asesinatos impunemente. Al escritor le encantaba crear un personaje, hacerlo simpático al lector, amigo de sus amigos, una persona maravillosa, y cargárselo sin más ni más entre dolor, sangre y crueldad. "Nada sienta tan bien como un asesinato a la semana", había llegado a decir en una entrevista. Lo había dicho sin pensarlo demasiado, como de paso, pero el periodista lo había plasmado en grandes caracteres, como titular y resumen de una forma de vida, y a él, al leerlo, le había gustado.
     Hoy iba a matar a Marco, un italiano afable y honrado, un empedernido tomador de capuchinos que, para sorpresa de todos sus conocidos y allegados, aparecería muerto, degollado con un cuchillo de cocina, en su dormitorio.
     Nada es azar, por supuesto. No existen casualidades. Pronto descubrirían todos que Marco se había metido, casi sin quererlo, en un par de asuntos turbios que, a la postre, acabarían por rebanarle la nuez.
     El escritor sintió un poco de pena por Marco, por su mujer, Lidia, por sus dos hijas. Pero había llegado su hora, a todos les llega, Marco no podía pretender ser inmortal solo por ser un personaje de novela. Todos, tarde o temprano, morimos.
     Así que el escritor puso manos a la obra, escribió dos líneas, las borró, volvió a escribir, volvió a borrar, quedó pensativo un par de minutos, se rascó la barbilla y se mesó los cabellos, dudó, se irritó, dio un puñetazo en la mesa, farfulló algo ininteligible y finalmente juró en hebreo.
     Se había dado cuenta de que, en el fondo, no quería matar a Marco.
     Pero tenía que hacerlo, o no habría crimen... ¿qué era una novela de crimen y misterio sin crimen y, por tanto, sin misterio?
     A la mañana siguiente, cualquiera que hubiera sabido que el escritor había matado a Marco, al fin, entre lágrimas y súplicas de perdón, que apenas había dormido a causa de los remordimientos y que pensaba compensar a su mujer e hijas de mil maneras diferentes, se habría echado a reír.
     Él, por su parte, se sentía acabado. Un asesino con sentimientos... un Dios clemente... así no se llega a ninguna parte...