lunes, 6 de agosto de 2012

La soledad

     ¿Recuerdas? Siempre hablabas de la soledad, no solo de la ausencia de compañía, sino de la soledad absoluta, de lo gratificante que debía de ser sentirse la única. Lo recuerdas, ¿verdad? Y citabas a Schopenhauer y sus meditaciones, y a Descartes y su vida contemplativa, y mencionabas a eremitas y ascetas...
     Luego me contaste lo de aquella playa. Eso sí... eso seguro que lo recuerdas. Bajaste por un sendero estrecho, oscuro, eran las tantas de la madrugada, difícil hubiera sido encontrar a alguien allí, los matorrales casi cubrían el camino y te arañaban las piernas... te costaba distinguir las formas, según me dijiste. Sombras, solo sombras en la penumbra de la noche.
     Te sentaste en la arena. En soledad. Probablemente no fuera la soledad absoluta, pero bien que lo parecía, ¿verdad? La notaste entre los dedos de tus pies, húmeda, fina y blanca, bañada pocas horas antes por la marea de la tarde, besada desde no hacía mucho por una luna tenue. Viste el mar, lo intuiste, más bien, intuiste la forma de sus olas, sus crestas de espuma, la inabarcable inmensidad. Al fondo, una silueta tal vez animal, tal vez imaginada, probablemente una roca, tomaba un baño. Miraste al cielo, Antares frente a ti, brillante como un ojo, el ojo del espacio aún más inmenso y más inabarcable que el mar.
     Entonces te sentiste sola. Debes de recordarlo, me lo contaste... como en La máquina del tiempo, dijiste. Te sentiste sola y pequeña, y desprotegida e insignificante, y débil, con esa fragilidad propia del insecto que puede ser aplastado por un pisotón involuntario, y tu respiración comenzó a agitarse, y creíste primero que alguien te observaba, y luego que venían a por ti, y luego que todos te habían olvidado, y buscaste luz eléctrica, sí, no lo niegues, buscaste al ser humano, al prójimo, ¿verdad?, tú que tanto hablabas de la soledad absoluta, te fuiste de aquel universo enorme y repleto de materia buscando la perversa e incómoda presencia humana, buscando la soledad, pero la soledad pretendida, la soledad próxima, la soledad con la que puedes acabar cuando quieras...