Despertó tirado de bruces contra la hierba. No tenía ni idea de cómo había llegado allí. Eso le incomodaba, como lo hacía también el sabor pastoso de los rastrojos y de la tierra que se le pegaba a la lengua. Se incorporó y trató de recordar, sin resultado. El sol brillaba en todo su esplendor allí arriba, en un cielo claro y limpio. La temperatura, no obstante, era agradable, casi ideal, digna de una primavera bucólica. Hubiera asegurado que era noviembre, pero qué más daba, también hubiera jurado que él no había llegado a aquel prado y allí estaba.
Oyó el trino de los pájaros, la brisa que mecía las ramas de unos árboles que, desperdigados, parecían proporcionar la sombra justa para el viajero cansado, el rumor lejano de un río. Se preguntó si él sería un viajero. Se preguntó si a los viajeros, como le estaba sucediendo a él en esos momentos, les sobrevenían de tanto en tanto episodios de amnesia.
Se sentía bien, no obstante. Se incorporó hasta sentarse sobre la hierba húmeda. Se hubiera quedado allí un buen rato. Cerró los ojos y se centró en recibir en su piel los rayos de sol y en oír el susurro del riachuelo. El susurro parecía crecer, de hecho, y percibirse a cada momento con mayor fuerza y nitidez. Le resultó extraño, pues los ríos difícilmente se acercan a uno si uno no se mueve.
Aguzó el oído. El sursurro fue en aumento hasta semejar un murmullo heterogéneo, luego un enorme alarido. Por aquel entonces ya podía observar varias personas que corrían hacia él, desde una colina cercana, profiriendo gritos de terror. Al principio pensó que iban a su encuentro, tal vez sorprendidas de su repentina presencia en el lugar. Cuando eran ya centenares los que corrían despavoridos comprendió que no acudían a él, que huían de algo, algo que debía de ser terrible para provocar tal estado de pánico. Comprendió, igualmente, que no se detendrían por su presencia y que no dudarían en pasarle por encima como una manada de bisontes.
Así que hizo lo único que podía hacer: levantarse a toda velocidad, abandonar su estado de inefable calma y ponerse a correr delante del montón de desequilibrados que amenazaba con atropellarle. Para no ser menos que el resto, empezó a gritar. Por un momento pensó que sería divertido que todo hubiera empezado con una broma, que alguien gritara sin razón y comenzara una carrera, que otros, asustados, se le hubieran unido, que juntos hubieran formado el ejército de locos que tenía a su espalda.
No se paró a comprobarlo, sin embargo. Él gritaba como el que más, los demás le seguían incondicionalmente, él lideraba el ejército de la demencia.
viernes, 17 de agosto de 2012