domingo, 12 de agosto de 2012

Las casualidades no existen

     El científico levantó la probeta y observó con admiración el líquido que yacía en ella. Después de años de trabajo, de estudios, de pruebas y ensayos fallidos, había conseguido aislar la esencia del azar y tenerla frente a él, listo para ponerla en práctica.
     Las casualidades no existen, eso lo había sabido siempre. Por eso había dedicado su vida a encontrar el elemento que hacía que las cosas sucedieran o dejaran de hacerlo, que decantaba las combinaciones azarosas de un lado o de otro, que inclinaba la balanza de la fortuna hacia uno u otro individuo. Con este descubrimiento podría crear a voluntad sucesiones aleatorias de elementos, controlar las reacciones, atraer lo que los neófitos llaman la "buena suerte", cuando en realidad no se trata más que de una predisposición a recibir cadenas positivas de acontecimientos, predisposición que ahora, gracias a ese liquidito aislado en la probeta, podría aplicar, disfrutar, prestar o vender a su antojo.
     Lo más gracioso es que no sabría cómo extraerlo de nuevo. Hubo algún elemento que perturbó el proceso de elaboración, algo que había variado respecto al resto de pruebas y que había transformado el resultado en exitoso, pero que no había podido identificar. ¿Sería una mosca distraída que se posó en la solución y dejó en ella sus gérmenes? ¿Serían las condiciones atmosféricas, la cantidad y proporción de los ingredientes?
    La verdad era que aquello, por momentos, le parecía más magia que ciencia, pero no, los efectos siempre provienen de unas causas, siempre... ¿acaso alguien sería capaz de decir que había aislado la esencia del azar por pura casualidad? Que nadie se atreviera ni tan siquiera a insinuarlo, las casualidades no existen...
    Por eso no pudo ser casualidad que al vecino, que en aquel mismo instante paseaba a su perro, le sonara el móvil en el bolsillo, que al cogerlo se le soltara la correa del animal que salió disparado hacia un árbol y comenzó a ladrarle a un pájaro que voló espantado y se coló por la ventana del laboratorio del científico, ventana que este había abierto minutos antes por primera vez en semanas, revoloteó inquieto, derramó un bote de ácido que estalló contra el suelo asustando al científico y provocando que este soltara de forma instintiva la probeta y esta se rompiera en mil pedazos perdiendo su contenido.
     ¡Cómo se lamentaba el científico! ¿Por qué había tenido que pasarle eso a él, precisamente en aquel momento? Maldita sea, qué mala suerte, y eso que las casualidades no existen. Tendría que volver a empezar, nuevamente con más pruebas, a ver si no tardaba mucho en sonreírle la... no, la suerte no, había quedado claro que su descubrimiento no había sido casual.
     El científico salió en busca del pájaro, lo encontró en el jardín, intentó atraparlo, el pájaro huyó a un árbol al otro lado de la calle, el científico cruzó en su busca y fue atropellado por su vecino, el dueño del perro, que había cogido el coche y salido a velocidad de vértigo en busca de su animal.
     El vecino frenó demasiado tarde, salió y comprobó que había matado al científico. Primero le llaman al móvil para despedirle del trabajo; luego, se le escapa su perro; y ahora, atropella al vecino. El culmen de la mala suerte, cualquiera diría que alguien le había despojado de su cuota de buena estrella y le había sumido en la más profunda fatalidad.
     Pero no, eso no podía ser, nadie puede recoger la suerte a puñados y guardarla en un botecito como el que guarda sus ahorros... todo debía tratarse de una maldita casualidad...