domingo, 29 de noviembre de 2015

Tanto sube el nivel

     El agua le llegaba a la altura de la cintura. Llevaba allí ya un rato, unos minutos que se habían hecho eternos, encerrado en un camarote de un barco que se hundía. Al principio esperó que alguien viniera a salvarlo, algún héroe en el último momento, pero pronto había desechado esa idea. Estaba solo. Complemente solo. Todos los que seguían vivos ya se habían ido. Luego intentó forzar la puerta, romper la ventana. Sin éxito.
     Había terminado por entregarse a su suerte, dudando entre alargar su agonía pretendiendo escapar o rendirse a la evidencia y dejarse morir.
     Se asomó a la ventana, por donde ya entraban los primeros rayos de sol. Era el amanecer más bonito que había visto en su vida. Y sería el último. Pensó que el sol había salido a despedirse de él, que le había regalado sus más bellas ofrendas, y se sintió especial.
     Sonrió. El agua ya le llegaba hasta el cuello. Miró el cielo, contempló su luz y, sorprendido, se percibió feliz.
     Hubiera reído a carcajadas, pero, de haberlo hecho, hubiera tragado agua...