Hubo un rey en Babilonia que trató, por todos los medios, de imponer la justicia en su reino. Consideraba la justicia el bien más preciado de entre todos los bienes humanos, y establecerla sobre los caprichos y las veleidades de los hombres se convirtió en el principal objetivo de su gobierno.
Pero no todos pensaban como él, pues el rey había heredado una Babilonia sumida en el desorden moral y en la corrupción de los valores. La injusticia reinaba por doquier, en las calles, en la corte, en la mente de las gentes. Así que el rey, con mano firme, ordenó cortar, sin clemencia, las cabezas de los injustos.
Rodaron cientos, miles, decenas de miles de cabezas y quien más, quien menos, comenzó a pensar que era el rey quien cometía la mayor de las injusticias al denegar a los pobres condenados una segunda oportunidad.
La situación se hizo insostenible y, como suele suceder en estos casos, se produjo una rebelión, un levantamiento que socavó las estructuras de poder y dio con el rey en los calabozos.
El nuevo líder propugnó, desde un principio, el restablecimiento de la justicia perdida con el régimen anterior. Su primer decreto, en nombre de las víctimas y las barbaridades cometidas, fue la decapitación del anterior rey.
Cuando este lo supo, pensó que, si era en nombre de la justicia, la decisión de su sucesor en el cargo no podía ser tan mala. Como el siempre había sostenido, al final la justicia siempre triunfa...
sábado, 5 de diciembre de 2015