Todo parte de un pequeño problema que existe en todo objeto externo al observador: que no puede ser percibido si no es a través de los ojos de un observador, esto es, de un sujeto.
Así pues, el sujeto tiñe de subjetividad (de qué, si no) cualquier objeto de observación.
Vamos, que el subjetivista extremo condiciona la existencia del mundo, al menos la presencia del mundo tal como es conocido, a la presencia de alguien que lo conozca. Que no es que yo sea el único, no es como tener un superpoder o ser un Dios, es tan sólo una característica del sujeto, de todo sujeto, la de dar forma, a través de su percepción, al objeto.
De hecho, creo que Descartes le dio tantas vueltas al asunto que llegó a dudar de su existencia como sujeto real o, al menos, dedicó un buen puñado de tiempo a demostrar que, en efecto, él mismo existía, que no era la percepción extraviada de otro.
Como no quiero llegar a Descartes, doy por sentado que existo y pienso; por lo tanto, soy sujeto; por lo tanto, el mundo es tal mundo en función de mi percepción subjetiva; por lo tanto, el mundo es como es porque yo lo creo (de crear) de ese modo.
En cuanto llego a esa conclusión, decido retirarme, irme a la cama y renunciar a mi faceta de sujeto pensante. Si este es el mejor mundo que puedo crear, mejor dejar el asunto en manos de otro...
lunes, 26 de octubre de 2020