jueves, 29 de abril de 2021

Homo sum, humani nihil a me alienum puto

     Últimamente los asuntos de la humanidad le eran totalmente ajenos.

     Había ocasiones en las que ese hecho, en lugar de liberarle de pesadas cargas, le inquietaba y preocupaba en extremo. ¿Cómo era posible que él, un humano responsable, le diera la espalda por completo a los asuntos mundanos, precisamente por ser eso, mundanos? ¿Acaso no deberían ser foco principal de su atención y sus intereses?

     El tema le angustiaba, y las reflexiones en torno a él se convertían en un tormento cotidiano. De este modo, empezó a concebirse a sí mismo como el Heautontimorumenos de la comedia de Terencio, aunque por opuestas razones. Si a aquel, en cuanto humano, nada de lo humano le era ajeno, a él, precisamente, lo humano le pasaba por delante como si no fuera con él.

     Llegó a la conclusión de que, en efecto, todo humano responsable había de atender a su entorno. Él no había dejado de ser responsable, como mostraba el hecho de que esta falta de atención se había convertido, en sí misma, en motivo de angustia. Por lo tanto, la única explicación posible era que, en definitiva, hubiera dejado de ser humano.

     Una vez asumió su inhumanidad, las cosas fueron mejor. Concluyó, además, que preocuparte por que no te preocupan cosas que debieran preocuparte es, a la larga, perjudicial; y, de primeras, estúpido. Así que dejó de hacerlo. Con ello, quizá, se adentró en el terreno de la irresponsabilidad; en cualquier caso, y con seguridad, se asentó en el de la inhumanidad.