Se vio a sí mismo predicando en una isla desierta, y luego en otra, saltando de isla en isla como San Pablo en el Egeo, convenciendo a paganos inexistentes (no los de San Pablo, que esos sí que existían, sino los de sus islas desiertas) de una verdad que solo él y otros tantos elegidos poseían.
Uno llega a pensar que la verdad es un bien preciado. Cuesta llegar a ella, cuesta poseerla, pero una vez que se conoce surgen dos caminos, como un sendero que se bifurcara: una opción, guardar la verdad en secreto, como un tesoro; otra, extenderla y darla a conocer, como un bien común. La primera opción te condena a una vida sometida a los deberes de guardián protector; la segunda, a los de predicador.
Tal vez lo mejor sería eso, predicar en islas desiertas. Los habitantes de las islas desiertas acogen y comprenden la verdad, y la cuidan como debe ser. De isla en isla, de nadie en nadie, la verdad se conserva prístina y relumbra con todo su fulgor.
sábado, 5 de junio de 2021