No se trataba de cobardía. Se trataba de estrategia. El asedio había sido tan largo y tan duro que los hombres habían perdido confianza. ¿Cómo pedirles ahora que atacasen con todas su fuerzas? ¿No considerarían, acaso, que se les estaba enviando a una muerte segura?
Sumido en sus reflexiones, el General pidió pausa. Miles de soldados, entonces, detuvieron al unísono sus quehaceres y sus voces. Un silencio expectante invadió entonces el campamento.
- ¡Soldados! -comenzó entonces el General. - Creo que ha llegado nuestra hora. El enemigo se yergue poderoso, nuestras fuerzas flaquean. No voy a enviaros a luchar para morir. Lo mejor será que nos retiremos. Volvamos a casa y abracemos de nuevo a nuestras familias.
Aunque podía intuirse el paso de la expectación a la estupefacción, el silencio continuó todavía unos instantes. Solo el rumor de la brisa y el graznido de unos cuervos a lo lejos.
Prorrumpió entonces una voz repentina, anónima y perdida entre la multitud.
- ¡No volveremos derrotados!
Otras voces siguieron a esta:
- ¡Sin victoria no hay honor!
- ¡Las familias no reciben a los perdedores!
- ¡La derrota no es una opción!
- ¡A por la victoria!
En un momento dado, los ánimos se caldearon de tal manera que, entre vítores y gritos de guerra, el General no pudo hacer más que alzar el brazo, agitarlo con fuerza y llamar al ejército a la batalla. Todos, corriendo como posesos, se dirigieron hacia el ejército enemigo.
Y el General, viendo a sus hombres exacerbados y dispuestos a entregar su vida, sonrió satisfecho.
jueves, 27 de mayo de 2021