jueves, 27 de mayo de 2021

Agamenón

    El General tenía claras dos cosas: la primera, que había llegado el momento de emprender la ofensiva, salvo que quisieran caer derrotados por la desidia, la inacción y la inanición; la segunda, que no iba a ser fácil convencer a sus hombres de iniciar el ataque contra aquel enemigo formidable.

    No se trataba de cobardía. Se trataba de estrategia. El asedio había sido tan largo y tan duro que los hombres habían perdido confianza. ¿Cómo pedirles ahora que atacasen con todas su fuerzas? ¿No considerarían, acaso, que se les estaba enviando a una muerte segura?

    Sumido en sus reflexiones, el General pidió pausa. Miles de soldados, entonces, detuvieron al unísono sus quehaceres y sus voces. Un silencio expectante invadió entonces el campamento.

    - ¡Soldados! -comenzó entonces el General. - Creo que ha llegado nuestra hora. El enemigo se yergue poderoso, nuestras fuerzas flaquean. No voy a enviaros a luchar para morir. Lo mejor será que nos retiremos. Volvamos a casa y abracemos de nuevo a nuestras familias.

    Aunque podía intuirse el paso de la expectación a la estupefacción, el silencio continuó todavía unos instantes. Solo el rumor de la brisa y el graznido de unos cuervos a lo lejos.

    Prorrumpió entonces una voz repentina, anónima y perdida entre la multitud.

    - ¡No volveremos derrotados!

    Otras voces siguieron a esta:

    - ¡Sin victoria no hay honor!
    - ¡Las familias no reciben a los perdedores!
    - ¡La derrota no es una opción!
    - ¡A por la victoria!

    En un momento dado, los ánimos se caldearon de tal manera que, entre vítores y gritos de guerra, el General no pudo hacer más que alzar el brazo, agitarlo con fuerza y llamar al ejército a la batalla. Todos, corriendo como posesos, se dirigieron hacia el ejército enemigo.

    Y el General, viendo a sus hombres exacerbados y dispuestos a entregar su vida, sonrió satisfecho.