El Duque contempló la muralla que se erguía ante él, inexpugnable e indestructible. La muralla eterna, la llamaban, después de haber sobrevivido a generaciones y generaciones de ataques y de asedios fracasados. Construida por los dioses, decían, siempre triunfante. Pero aquella vez sería la última. La muralla terminaría por caer.
Habían sido dos años de duro asedio. Duro para quienes se defendían desde el interior, desde luego, pero también para quienes, dirigidos por él, por el Duque, habían tenido que organizarse eficientemente para recibir provisiones, al tiempo que se mantenían en alerta constante para evitar que nada ni nadie pasase al interior de la ciudad, que nada ni nadie saliese de ella.
El Duque observó a sus huestes, que se extendían, acampadas de cualquier manera, por una llanura que se perdía en el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. Ellos también eran supervivientes. Ellos también merecían pasar a la historia. Aquel sería el día definitivo.
Cuando el sol comenzó a elevarse en el cielo, sus rayos se reflejaron en los casos de los vigilantes y emitieron destellos de luz. Esos vigilantes, al caer el sol, no serían más que polvo y huesos.
El Duque se dispuso, después de dos años de asedio estratégico, a anunciar el ataque definitivo.
lunes, 25 de julio de 2022