lunes, 1 de agosto de 2022

La defensa

     El Condestable, apostado en uno de los torreones, miró hacia el interior de la ciudad fortificada. Allí estaban sus hombres, su ejército, los heroicos defensores de la plaza fuerte asediada, desde hacía ya dos años, por las tropas del Duque. Todos habían sufrido penurias, los ánimos habían decaído, se encontraban demacrados y enflaquecidos. Y, sin embargo, todos estaban dispuestos a afrontar el ataque final.

    Tal vez porque, de ese modo, terminaría el sufrimiento inagotable. Para bien, o para mal. A veces, era mejor morir con dignidad que perpetuarse entre la incertidumbre y la miseria.

    El Condestable intuía el final. Lástima que no pudiera también intuir el resultado de este enfrentamiento postrero. La moneda podía caer de un lado tanto como del otro. Correspondía, en cualquier caso, afrontar el destino con arrojo y valor.

    Allá fuera, en la llanura, los rayos del sol se reflejaban en los cascos del ejército del Duque. El Condestable creyó percibirlos en formación de combate. O era una falsa maniobra, o aquel iba a ser el día. Cuando el sol se pusiera, con la ayuda de Dios y la valía de sus hombres, aquellos soldados habrían muerto, o huido, y la ciudad sería de nuevo libre.

    El Condestable, por tanto, ordenó el reforzamiento de las posiciones defensivas.