jueves, 13 de octubre de 2022

Una cuestión de tiempo

    Me encontré el otro día, en una librería de segunda mano, con una novela corta cuya existencia desconocía. Se trataba de una edición añeja, ya desgastada y ajada por el paso del tiempo. Y precisamente el tiempo era el protagonista de la historia que narraba. En ella, un relojero suizo cree haber encontrado el secreto de su inmortalidad en el hecho, cada vez más complicado de que nunca deje de funcionar, al menos, uno de los múltiples relojes que, a lo largo de su vida, ha ido fabricando, vendiendo y reparando.
    Esta trama trajo a mi mente, de inmediato, la historia de Dorian Gray y su retrato, al que había trasladado todos los signos del paso del tiempo, mientras él permanecía joven, prístino e inmutable.
    La idea de asociar tu vida a la existencia de un objeto es atractiva; la de que tu vida acabe con la existencia de dicho objeto, inquietante. Yo, por si acaso, he comprobado con mi alivio que mi reloj sigue funcionando. 
    Prefiero que sea testigo del inclemente paso del tiempo, antes que causa de su agotamiento.