Primero fue un hecho aparentemente insignificante. Una anécdota. Una de estas casualidades que te hacen sonreír. Encontré una moneda de un euro detrás del cesto de la ropa sucia. Estaba allí, esperándome. La capa de polvo que la cubría indicaba que la espera, a buen seguro, había sido larga. Lo recogí y me lo eché al bolsillo.
Luego encontré otro dentro de la lavadora. Y otro debajo de la mesa de la cocina, escondido detrás de una pata.
La verdad es que las casualidades empezaban a ser demasiadas, y demasiado extrañas. No recordaba haber perdido tantas monedas de un euro.
En los días siguientes encontré monedas de un euro debajo del jarrón, detrás del televisor, bajo la cama, en el lavavajillas. Hasta ahí no había gran cosa de lo que preocuparse. De acuerdo, soy un poco despistado y voy dejándome los dineros por los rincones. O eso, o tengo un tesoro en casa, pero no escondido, sino expandido, con una multitud de monedas que aparecen en cualquier lugar. Parezco un nuevo rey Midas, a cuyo paso surgen, por generación espontánea, monedas de un euro.
El problema surgió cuando las monedas comenzaron a aparecer en lugares delicados: en la taza del váter (dentro de ella); en el microondas (menos mal que lo vi antes de encenderlo); entre las sábanas (mientras duermo, con los consiguientes dolores de espalda a la mañana siguiente); el colmo fue encontrarme una moneda en el plato de lentejas que me estaba comiendo.
Supongo que las monedas son mías. De quién iban a ser, si no. Si me las encontrara en la calle diría que estoy aumentando mi capital. Pero salgo a la calle, y nada. Vaya donde vaya, ni una triste moneda. Porca miseria.
lunes, 3 de octubre de 2022