lunes, 9 de enero de 2023

El regreso al hogar

    Me siento extraño. No sé muy bien por qué he despertado aquí, en un lugar que no conozco. Me temo lo peor. No hay nadie. Llamo, pregunto, pero nadie me contesta.
    Salgo a la calle. Me siento aturdido, mareado, desconcertado.
    Afortunadamente, reconozco los carteles, las indicaciones. No estoy en ningún lugar extraño, en ningún mundo fantástico. Es mi ciudad.
    Pienso que puedo llegar a casa caminando. Regresar a casa, al hogar. Siento que lo echo de menos, como si hubiera hecho un viaje muy largo, como si me hubieran estado esperando durante largo tiempo.
    Me cruzo con algunas personas. Trato de hablarles, de preguntarles, pero desisto rápidamente. Me miran raro. Me observan fijamente durante unos instantes, y luego se alejan de mí. Debo parecer un loco, con ese aire desnortado y hablándole a desconocidos.
    Por fin llego a casa. He encontrado el camino rápidamente, incluso inmerso en la confusión. El hogar es siempre el hogar. Allí estará mi familia, esperándome.
    Llamo al timbre. Me abren. Es mi familia, en efecto. Están todos allí. Me saludan. Parecen sorprendidos. Asustados. No termino de sentirme bienvenido.
    Les pregunto si están bien. Les pregunto qué les pasa.
    Me dicen que estoy muerto. Que llevo muerto una semana. Que me habían llevado a la morgue, y que allí mi cuerpo esperaba el permiso municipal para ser enterrado.
    Me invitan a pasar, aunque les percibo alerta, reacios.
    Empiezo a pensar que yo no debería estar allí. Es mi hogar, en efecto; pero no es mi sitio.
    Me busco el pulso. No lo encuentro. Me busco los latidos del corazón. Allí no están. Empiezo a ponerme nervioso, y en mi familia me miran como si hubieran visto a un fantasma.
    Quizá lo han hecho.