lunes, 16 de enero de 2023

Ser o no ser uno mismo

      El Regente no se había visto, hasta ahora, en una tesitura semejante. Frente a él tenía las dos sentencias de muerte, perfectamente legales, remitidas por el juez tras un proceso judicial justo y con todas las garantías. Dos traidores a la patria, dos militares que con su desobediencia pusieron en jaque la estabilidad del Estado, el futuro de la nación y la seguridad de la población.

    Ahora habían sido condenados. Solo faltaba su firma, la firma del Regente. Él, que siempre había sido partidario de eliminar la pena de muerte; él, que se había jurado nunca ser cómplice de semejante acto de barbarie; pero él, también, que había prometido respetar las decisiones de los jueces y que no era el Regente por poseer poderes absolutos, por poder actuar a su capricho, sino para representar de la mejor manera los intereses de los distintos poderes.

    El Regente reflexionaba, buscando una solución. Se mesaba los cabellos, se masajeaba las sienes, observaba detenidamente el hueco que, en la sentencia, esperaba la plasmación de su firma. Decir que no, pondría en su contra al Ejército casi al completo, y a la mayoría un de Parlamento ya de por sí bastante fracturado; decir que sí, quebraría la credibilidad que poseía entre el pueblo y, lo que es peor, traicionaría sus propios principios.

    Se sintió marioneta, se sintió eslabón, se sintió un mero número, un nombre insignificante, desprovisto de poder, en el devenir de los acontecimientos.

    El Regente, finalmente, firmó tres sentencias. Firmó las dos sentencias de muerte, que se ejecutarían al día siguiente. Y firmó su renuncia, su dimisión, su propia y personal sentencia, que se llevaría a cabo de forma inmediata. Para que cuando los condenados fueran ejecutados, el ya no fuera Regente. Que solo fuera, si fuera posible, un guijarro más, pulido, arrastrado y olvidado, en las orillas del río de la Historia.