Siempre me fijaba en él. Al principio, con cierto temor. ¿Qué hará este hombre, siempre sentado en el mismo banco? Luego, con sorpresa. ¿Será posible que todos los días esté igual? Al final, se trataba de un sentimiento muy parecido a la admiración. ¡Madre mía! ¡Hay que ser disciplinado para cumplir, día tras día, con la misma rutina!
El caso es que allí estaba siempre, cada vez que volvía a casa desde la escuela, desde el centro, desde la parada del autobús. En mi camino a través del parque. Allí estaba él, siempre en el mismo banco, siempre con esa mirada perdida y reflexiva.
Llegué a preguntarme si viviría allí, si estaría en el banco incluso cuando el parque cerraba, por las noches. Nunca me atreví, pero llegué a plantearme saltar el muro, en plena madrugada, para comprobarlo.
Finalmente, fui yo quien faltó a la cita. Mis padres se mudaron. Yo me fui a estudiar fuera. Aquella casa se vendió, y aquel parque, aquel barrio, dejaron de formar parte de mi vida.
No volví por allí hasta veinte años después, y fue de forma casual, por un asunto de trabajo. Los recuerdos se me agolpaban, luchaban entre sí por brotar de mi mente, y más a medida que me acercaba al que había sido mi hogar.
Mientras cruzaba el parque, miré, como un reflejo del pasado, al banco de aquel hombre. Cuál no sería mi sorpresa al verlo allí, sentado, mirando al infinito, reflexionando. Veinte años después. Fijé mi vista con más atención. Era él. El mismo. Como en mis recuerdos. Nada había cambiado. No había envejecido.
Estuve tentado de acudir a él y preguntarle quién era, qué hacía allí, qué había hecho los últimos veinte años. Pero no lo hice. Hay misterios, pensé, que es mejor no desvelar.
viernes, 26 de mayo de 2023