lunes, 22 de mayo de 2023

Dinastía

    - Creo que ya estás preparado, hijo mío. Así que, en presencia de toda la Corte...

    El padre, entonces, se agachó, tomó la corona, la levantó, la enseñó a todos los presentes y la depositó sobre la cabeza de su hijo. Emperador saliente, Emperador entrante. Un equivalente al "A Rey muerto, Rey puesto", pero cambiando el título. Y con el pequeño detalle de que no había muerto alguno.

    - ...yo te nombró Emperador -acabó el padre y, desde ese mismo instante, Emperador Emérito.

    El hijo miró sorprendido a su alrededor. El estruendo era ensordecedor, todo entre aplausos y vítores a cada cual más escandaloso. Se volvió y vio a su padre, que le hizo un gesto para que saludara. Lo hizo torpemente. Con cinco años, poco sabía el nuevo Emperador sobre protocolo y deberes del cargo.

    Los consejeros sabían que iba a ser complicado. No solo porque el nuevo Emperador apenas había aprendido a andar, sino porque los enemigos estaban acampando a las puertas de la ciudad. O sufrirían un largo y penoso asedio, o caerían pronto ante el poder del enemigo. La victoria era una utopía.

    El padre lo sabía, y por eso abdicaba en su hijo. El pequeño sería el Emperador derrotado. El pequeño, vencido, sería condenado a muerte. O tal vez el enemigo tendría piedad al verlo orinarse encima.

    Se acabaron los vítores. Se oían trompetas, pero eran las del enemigo, que comenzaba el ataque.

    - ¿Qué hacemos, Majestad Imperial? - preguntó el Jefe de la Guardia.

    El Emperador se metió el dedo en la boca y comenzó a llorar.

    - Creo que no soporta la presión -susurró uno de los consejeros.

    El padre, por cierto, ya estaba haciendo mutis por el foro.