No me atreví ni a preguntar. El caso es que, en cuanto pulsé el botón, aquel vehículo comenzó a desplazarse a velocidad de vértigo. Yo, en su interior, observaba las calles, los edificios, dejándolos atrás cada vez con mayor rapidez.
Tanta rapidez que, a partir de cierto punto, toda la realidad comenzó a transfigurarse. Los objetos se alargaban, se deformaban y acababan convertidos en fogonazos de color. Vi la ciudad desaparecer ante mis ojos, y vi cómo en su lugar surgían, aparentemente de la nada, bosques de densa vegetación.
No tardé mucho en darme cuenta de que no había viajado en el espacio, sino que había puesto en marcha una máquina del tiempo.
Lo que no podía precisar era si había viajado el futuro, o al pasado. Hasta que los vi a ellos, abalanzándose sobre los protectores de la máquina.
viernes, 9 de enero de 2026