lunes, 16 de febrero de 2026

Despierta la bestia

    Abro la puerta de mi habitación y lo que veo me deja con la boca abierta. Un monstruo enorme, aterrador, duerme sobre mi cama.

    Me quedo paralizado. Poco a poco, con ligeros y sigilosos pasos, voy retrocediendo. Afortunadamente, el monstruo sigue dormido.

    Antes de salir y volver a cerrar la puerta, lo observo durante unos segundos. No es tan aterrador, si lo miras con calma y lo ves dormido. Parece un bebé. Un bebé gigante, claro, pero parece que duerme en paz, ajeno a todo lo que lo rodea.

    Creo que ha salido de mi armario. O de debajo de la cama. Es uno de los monstruos que habitan por allí y que, por alguna razón, ha abandonado su hábitat habitual para estirarse sobre el colchón.

    Parece que sueña, porque mueve ligeramente sus enormes zarpas y sus párpados de piel escamosa parecen titilar.

    Voy a cerrar la puerta y largarme. Quizá, cuando regrese, el monstruo ya no estará allí. Los monstruos de dormitorio son así, tan pronto están, como se van. Antes de cerrar, no obstante, decido inclinarme hacia delante y echarle una última ojeada. No todos los días se tiene delante a un ejemplar de monstruo de tal calibre. Desafortunadamente, cuando pongo mis ojos en él ya se ha despertado, y me mira fijamente.

    Entonces, con una rapidez impropia de alguien que hacía unos segundos estaba durmiendo, abre una boca enorme, llena de dientes afilados y adornada con un aliento putrefacto.

    Me pregunto si estará a punto de comerme, o si está solo bostezando. Mientras espero a conocer la respuesta, cierro los ojos.