Era obvio que él era consciente de su dimensión, de su influencia, y jugaba con ella para conseguir sus objetivos.
- Es un placer conocerlo -le dije.
Si supiera que me habían contratado para matarlo, si supiera que no le quedaban más de veinticuatro horas de vida, probablemente no me habría ofrecido la mano.
Pero no sabía nada, así que acompañó su saludo con un palmada en el hombro.
Le devolví la gentileza sabiendo que, probablemente, sería una de las últimas palmadas que daría en su vida, una de las últimas manos que estrecharía. Quien se sintió, entonces, verdaderamente poderoso, fui yo.
jueves, 12 de febrero de 2026