Ambos ejércitos, dispuestos frente a frente, se miraban desafiantes. Se habían situado en formación de combate, ambos al romper el alba, ambos con el deseo incontenible de destruir al adversario. Ya era hora, después de semanas de escarceos y pequeñas refriegas que no daban para satisfacer las ansias de victoria. Ahora, por fin, todo estaba preparado para combatir a muerte, en campo abierto, sin cuartel.
Solo faltaba que los oficiales al mando dieran sus órdenes.
Los dos oficiales se veían en la distancia, a lomos de sendos bellos caballos blancos, cada uno con su mano alzada, cada uno esperando a que el otro la bajara para hacer lo mismo y dar inicio a las hostilidades.
Fue entonces cuando del cielo, ya nublado, comenzaron a caer unas gotas de lluvia. Finas, en un principio, pero insistentes en su afán por molestar. "¡Vaya!", se oyó a algún soldado quejarse. El oficial al mando del primer ejército trató de escudriñar en la distancia el rostro del oficial al mando del segundo. También le pareció disgustado por la cuestión climática.
- ¡Todos atrás! -dijeron, finalmente, los dos casi al tiempo.
Y, entre reniegos y voces de fastidio, todos los soldados regresaron a sus campamentos.
Pelear a muerte bajo la lluvia es una lata.
martes, 31 de marzo de 2026