El encargo proviene de un tipo extraño, un gemoterapeuta, así se hace llamar, que me pidió que la cuidara, que la acariciara todas las noches antes de ir a dormir y que la "hiciera sonar", golpeándola con una varilla metálica que también me proporcionó, cada ocho horas.
Me dijo que me traería suerte si la cuidaba bien. No me dijo, no obstante, qué me pasaría si la cuidaba mal, o si no la cuidaba en absoluto. Esto último, de hecho, fue lo que hice. Llegué a casa, dejé la piedra en cualquier sitio y me fui a dormir.
De madrugada me despertó un ruido extraño, como un timbre de bicicleta o un xilófono. Por alguna razón pensé en la chalcophonos. Estaba allí, donde la había dejado. Su color negro refulgía en la oscuridad de la habitación. Junto a ella, y aunque yo juraría no haberla sacado de la bolsa donde la metí, estaba la varilla metálica.
Algo parecido sucedió a la mañana siguiente, y luego a la noche. Cada ocho horas, si no estoy ahí para hacerla sonar, la chalcophonos atrae la varilla y se hace sonar ella misma. Visto y comprobado tal prodigio, no me quedó otro remedio que darle los cuidados que requería.
Ahora soy dichoso en la vida, la suerte me sonríe, pero no dejo de pensar que soy un poco esclavo de la chalcophonos. Al menos, cada ocho horas.
lunes, 20 de abril de 2026