La mayoría, sin embargo, ya se preparaba para lo que se avecinaba. Quien más, quien menos, se llevaba las manos a la boca, o se tapaba los ojos para no ver lo que iba a suceder.
Pensó que eran unos cobardes. Pensó que podría gritarles, él también, llamarles "cobardes" con toda la fuerza que sus pulmones pudieran proporcionar en aquella postura antinatural.
Fue lo último que pensó. De hecho, no pudo hacerlo. Antes de que el grito brotara de su garganta, la espada cruel le segó el cuello de un tajo.
Su cabeza, exenta, quedó depositada en una cesta, con los ojos abiertos y la boca preparada para la reprimenda póstuma.
domingo, 26 de abril de 2026