domingo, 3 de mayo de 2026

El ahorcado

    - Dime una letra, anda...
    - No.
    - Venga, hombre, dime una letra.
    - Que no, que no...
    - ¡Que me digas una letra, coño ya!

    El condenado resopló. Sintió que, dijera lo que dijera, ya estaba muerto...

    - La hache.
    - ¿La hache?
    - La hache.
    - Pues vaya mierda de letra.

    Supo que había fallado cuando notó que la soga le empezaba a hacer presión en la garganta. Luego perdió el apoyo bajo sus pies. Se sintió flotar, suspendido del cuello, y la soga comenzó a presionarle la tráquea.

    Notó que le faltaba el aire; intentó abrir la boca, pero la presión contra el cuello era demasiado fuerte. Se puso rojo; después, morado. Empezó a suplicar que lo descolgaran, pero nadie lo oía. Pudo ver a los demás, diciendo también letras. Quizás alguno tuviera suerte.

    Los últimos estertores fueron agónicos; incluso deseó, en sus últimos momentos, haberse roto el cuello desde el principio, haber perdido la conciencia, haber muerto rápido.

    El juego, en cualquier caso, había terminado.