jueves, 14 de mayo de 2026

Vuelo sin motor

    Cuando se dio cuenta de que sus pies se despegaban del suelo, una sensación de ligereza se apoderó de él, de todo su interior. Como si estuviera hueco.
    Miró al cielo como quien apunta hacia una dirección, hacia un objetivo.
    Notó cómo su cuerpo se elevaba, despegaba y se desplazaba sin necesidad de tocar el suelo, de mover las piernas.
    Extendió los brazos. No porque los necesitara, sino para emular la imagen de un avión, de un pájaro que planeara sin motor. El aire le daba en el rostro y, a medida que se elevaba, veía el suelo más pequeño, más lejano, más ajeno. Hasta los problemas parecían perderse en la inmensidad, convertirse en cuestiones banales e insignificantes.
    Se dio cuenta, entonces, de un pequeño detalle: había conseguido elevarse, pero no sabía cómo descender. Intentó dirigir su desplazamiento, sin resultado. Notó que comenzaba a caer y supo, de inmediato, que la hostia iba a ser morrocotuda.