La cosa era que el vehículo estaba ante nosotros, con las llaves puestas y el motor arrancado, joder. Diciendo venid a mí, tomadme y salvaos, panda de cagados, yo soy la libertad y el fin de vuestros problemas.
Pero el primero que lo había intentado, el amigo, había recibido un balazo en el costado y, al caer al suelo, otro en la pierna. A medio camino del vehículo. Se había quedado ahí, gritando, gimiendo como un jabalí herido. Había intentado arrastrarse hacia delante, luego arrastrarse hacia atrás, hacia nosotros. Todo de manera infructuosa.
Y no le habían disparado más. No habían querido rematarlo. Era mejor dejar que se desangrara entre estertores delante de nosotros. El miedo es, también, un arma poderosa. Y el horror.
Ahora ya estaba muerto. Y el coche seguía arrancado. Llamándonos. Y nosotros seguros de que los francotiradores seguían ahí, observando por la mirilla, esperando a que nos animáramos a salir para meternos una bala en el cráneo o, mejor aún, en cualquier órgano del cuerpo que nos causara una muerte lenta y lo más dolorosa posible.
domingo, 21 de junio de 2026