viernes, 3 de julio de 2026

A ver...

     A ver, sacó la espada porque iban a por él. O la saca de la vaina, o acaba decapitado.

     La cosa es que, quizá, se le fue de las manos. Primero para salvar la vida, y luego, por inercia, el caso es que empezó a cortar cabezas, brazos y piernas sin ton ni son, sin criterio alguno.

    Llegó un momento de ceguera en el que la espada parecía ir sola, y no distinguía entre amigos y enemigos. Todos eran objetivos, todos merecían ser troceados y despedazados, todos iban a caer bajo el yugo de la hoja afilada.

    Cuando se detuvo, miró a su alrededor. No quedaba nadie. Nadie. Solo él, sentado sobre una montaña de cadáveres.

    Lo primero que pensó es que ser el último superviviente tenía mucho mérito, pero lo peor era preguntarse quién iba a limpiar, guardar y enterrar todos aquellos trozos de cuerpos humanos.