lunes, 20 de abril de 2026

La chalcophonos

    El otro día me regalaron una chalcophonos. En realidad, más que regalármela, me encargaron que la custodiara. Es una piedra bella, de color negro, como el carbón, pero que suena como cobre cuando la golpeas. De ahí su nombre.

    El encargo proviene de un tipo extraño, un gemoterapeuta, así se hace llamar, que me pidió que la cuidara, que la acariciara todas las noches antes de ir a dormir y que la "hiciera sonar", golpeándola con una varilla metálica que también me proporcionó, cada ocho horas.

    Me dijo que me traería suerte si la cuidaba bien. No me dijo, no obstante, qué me pasaría si la cuidaba mal, o si no la cuidaba en absoluto. Esto último, de hecho, fue lo que hice. Llegué a casa, dejé la piedra en cualquier sitio y me fui a dormir.

    De madrugada me despertó un ruido extraño, como un timbre de bicicleta o un xilófono. Por alguna razón pensé en la chalcophonos. Estaba allí, donde la había dejado. Su color negro refulgía en la oscuridad de la habitación. Junto a ella, y aunque yo juraría no haberla sacado de la bolsa donde la metí, estaba la varilla metálica.

    Algo parecido sucedió a la mañana siguiente, y luego a la noche. Cada ocho horas, si no estoy ahí para hacerla sonar, la chalcophonos atrae la varilla y se hace sonar ella misma. Visto y comprobado tal prodigio, no me quedó otro remedio que darle los cuidados que requería.

    Ahora soy dichoso en la vida, la suerte me sonríe, pero no dejo de pensar que soy un poco esclavo de la chalcophonos. Al menos, cada ocho horas.

jueves, 16 de abril de 2026

La apuesta

    - Hice una apuesta y me salió mal -me dijo.

    Yo lo veía nervioso. Ya desde hacía varios días, pero especialmente aquella noche. Miraba a un lado y a otro, compulsivamente, como si quisiera ver por encima de su hombro.

    - ¿Cómo de mal? -le pregunté, tratando de generar una reacción proporcional al volumen del problema en cuestión.

    - Muy mal -fue lo único que contestó.

    Por un momento pensé que iba a echarse a llorar allí mismo. Hubiera sido bastante incómodo, la verdad. Él seguía mirando, no le quitaba ojo a la puerta, no sé si porque tenía ganas de salir o por temor a quién pudiera entrar por ella.

    - Me voy -dijo de forma apresurada. Se levantó y se fue.

    De algún modo supe, en aquel mismo instante, que no volvería a verlo en mi vida.


lunes, 13 de abril de 2026

El cotizado don de la inoportunidad

    Hay veces que una llamada de teléfono se produce en el momento más inoportuno. Entonces, uno tiende a mirar con asco el dispositivo, su sonido atrayente, su luz. No es inhabitual que la llamadas inoportunas tengan, al mismo tiempo, un origen oculto. Uno piensa entonces que podría ser una llamada no deseada, no solo por el momento en el que se produce, pues en eso no hay duda, sino por su finalidad o su contenido.
    Sucede que uno siempre tiene alguna cuenta pendiente, algún lugar desde el que podría recibir una llamada oculta que fuera esperada, deseada o, incluso, ilusionante. Así que descuelga el teléfono y escucha con atención.
    Habría que realizar un estudio de campo concienzudo para determinar en qué porcentaje de estos casos descritos la llamada resulta ser, en efecto, basura. Pero la intuición nos dice que en un número muy elevado.
    Sin embargo, el receptor de la llamada sigue descolgando, esperando con ilusión que, esta vez sí, sea la llamada esperada.
    Como quien, día a día, durante años enteros, se asoma a la ventana esperando ver llegar, porque sí, esa gran noticia que cambie su vida para siempre.

viernes, 10 de abril de 2026

El monte que escupe fuego

    Contaban leyendas atávicas que el monte que escupía fuego era la puerta al paraíso. El intrépido explorador que se atreviera a acercarse tendría que atravesar kilómetros de bosques, espesos y poblados de bestias inmundas, lugares donde no llegaba la luz del sol y donde la vida se había desarrollado en forma antinatural y demoniaca.
    Si la suerte acompañaba y atravesaba con vida aquel territorio de muerte y destrucción, el explorador se encontraría a los pies del monte que escupía fuego. Tendría entonces que ascender por su ladera, esquivando las llamas que caían del cielo y las que, abriendo la tierra, ardían a sus pies.
     Si coronaba la cima, se daría de bruces con las puertas del paraíso, vigiladas por dos arcángeles con espadas ardientes. Solo los elegidos podrán atravesarlas, y aún no existe ser humano que haya regresado para describir su interior, de modo que solo podemos imaginar las bondades que guarda.
    - ¿Qué hacemos? -preguntó.
    - ¿Pues qué vamos a hacer? Buscar las puertas del paraíso, y atravesarlas.
    Así que emprendieron camino con todo el optimismo del mundo como principal equipaje.