viernes, 2 de enero de 2026

La ubicuidad

     "He estado en tantos sitios que ni siquiera los recuerdo", me dijo, mientras le daba un sorbo al vino recién servido.

     Le dije que era normal, que esas cosas pasaban. No podías recordarlo todo como Funes el memorioso.

     "Que no, que no", contestó, con ese ímpetu de quienes te llevan la contraria incluso cuando has intentado darles la razón. "Quiero decir que no recuerdo ya ningún lugar. Ninguno".

     Me reí, azorado.

     "Que no te rías, coño, que es verdad".

     Le pregunté dónde nació, y me dijo que no lo sabía; dónde había hecho sus estudios, y tampoco; dónde vivía, y nada. Le pregunté dónde habíamos estado hacía cinco minutos y deduje, de su gesto, que, en realidad, era incapaz de recordarlo.

     "Creo que mi cerebro ha implosionado y que, a fuerza de introducirle datos, ha dejado de recordar ninguno", concluyó, no sin una cierta pesadumbre.

     Quise seguir indagando, y le pregunté cómo hacía para sobrevivir, dadas las circunstancias.

     "Vivo al día", contestó. "No recuerdo los sitios, pero sé llegar a ellos. Me fallan los datos, pero no las referencias externas".

     Divertido, le dije que era hora de que dejáramos el vino y nos fuéramos a casa.

     Me miró como si no me hubiera visto en la vida.

     "¿Y tú, quién eres?".

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El paquete

     Era fundamental encontrarse en casa cuando llegara el paquete. Por eso se levantó temprano, se apostó en el sofá del salón y esperó. Lo hizo durante horas, junto al teléfono, por si le llamaban.

     Después de toda la mañana, y de parte de la tarde, cuando ya el sol comenzaba a caer, sintió que el paquete no llegaría. Algo habría sucedido, algún problema durante el reparto. Tal vez llegara mañana. Tendría que repetir el proceso, esperar, como un guardián en una fortaleza aislada, como la esperanza en un mesías prometido.

     Cabizbajo, y desalentado ante la perspectiva de tener que perder otro día en la espera, salió a dar una vuelta que le despejase un poco. La noche había terminado de caer. No había caminado ni cinco minutos cuando oyó el aviso de un mensaje en el móvil. Casi sin mirarlo se giró y corrió, corrió de vuelta a casa, solo para llegar a ver, a lo lejos, cómo una furgoneta de reparto se alejaba. En su buzón, un aviso: intento de entrega, destinatario ausente.

     Se quedó, en el portal, mirando cómo los transeúntes se desplazaban, de un lado a otro, ajenos a la tragedia que sobre él, en esos momentos, se cernía.

viernes, 26 de diciembre de 2025

De vez en cuando, solo de vez en cuando

    En la cripta, la mayor parte del tiempo, hace frío. A veces, es soportable; otras veces, sin embargo, se congelan los sentidos. Deduzco, entonces, que ha llegado el invierno.

    Es difícil ser consciente, aquí dentro, del paso del tiempo, y medirlo convenientemente. Por eso detalles de ese tipo, reveladores del paso de las estaciones, son importantes. También las idas y venidas, el ciclo de la vida y la renovación, del musgo que se adhiere a las paredes de piedra, preñadas de humedad.

     A veces me cuesta respirar. Ya sé que no lo necesito, estoy hablando metafóricamente. Quiero decir que siento una ligera opresión en el pecho, como si quisiera gritar, salir afuera, correr por los espacios abiertos del exterior.

    Y de vez en cuando, solo de vez en cuando, querría estar muerto, muerto de verdad, sin consciencia de la putrefacción, del deterioro, de los siglos que llevo aquí encerrado. Aunque también es verdad que de vez en cuando, solo de vez en cuando, me planteo todo lo contrario, excavar, escapar y mostrarme a los de afuera, solo para poder ser testigo de sus reacciones.


martes, 16 de diciembre de 2025

La anécdota

      - Recuerdo una anécdota muy graciosa que me sucedió en mi viaje a Oslo. Sucede que conocí a un tipo, un lugareño muy simpático llamado Sven, con quien pasé una tarde divertidísima...

     Su amigo, entonces, alzó levemente la mano, como para solicitar una pausa.

     - Esa anécdota no es tuya. Es mía.
     - ¿Cómo? -preguntó el otro, aterrado.
     - Eso me pasó a mí.
     - ¿Cómo te atreves? -inquirió, con ligera irritación.
     - Tú, de hecho, nunca has estado en Oslo.

     El otro se preguntó si su amigo le estaba gastando una broma o sí, por el contrario, tenía que empezar a dejar de llamarlo amigo. Le peor es que continuaba.

     -... de hecho, Sven es mi amigo, tú no lo conoces.

     Y le mostró una foto en la que aparecía con Sven. Un Sven que parecía real, el mismo que él había conocido en Oslo. Pero, en esa foto, estaba con su amigo.

     - ¿Pero cómo es posible?
     - Tienes un problema eso es evidente.
     - ¿Qué problema? Si ayer mismo llegué de Roma...
     - Quien llegó de Roma fui yo, no tú.
     - Y estuve de cena con la familia.
     - Otra vez, ese fui yo.
     - ¡Para ya!

     El amigo se le acercó con gesto de preocupación.

     - Deja ya de apropiarte de mi vida -le susurró al oído.

     En ese momento, un sudor frío, el propio de la gran duda existencial, le recorrió la sien.