jueves, 14 de mayo de 2026

Vuelo sin motor

    Cuando se dio cuenta de que sus pies se despegaban del suelo, una sensación de ligereza se apoderó de él, de todo su interior. Como si estuviera hueco.
    Miró al cielo como quien apunta hacia una dirección, hacia un objetivo.
    Notó cómo su cuerpo se elevaba, despegaba y se desplazaba sin necesidad de tocar el suelo, de mover las piernas.
    Extendió los brazos. No porque los necesitara, sino para emular la imagen de un avión, de un pájaro que planeara sin motor. El aire le daba en el rostro y, a medida que se elevaba, veía el suelo más pequeño, más lejano, más ajeno. Hasta los problemas parecían perderse en la inmensidad, convertirse en cuestiones banales e insignificantes.
    Se dio cuenta, entonces, de un pequeño detalle: había conseguido elevarse, pero no sabía cómo descender. Intentó dirigir su desplazamiento, sin resultado. Notó que comenzaba a caer y supo, de inmediato, que la hostia iba a ser morrocotuda.

lunes, 11 de mayo de 2026

Malos presagios

    Sacrificamos un toro. Lo degollamos y lo abrimos en canal. Cuando las vísceras cayeron al suelo, el arúspice se llevo las manos a la cabeza. Las vísceras estaban picadas, ennegrecidas, recubiertas de una sustancia oscura, parecida al moho, que incluso desteñía el rojo natural de la sangre.

    Intentamos realizar algunas libaciones que pudieran aplacar la ira de los dioses pero, justo cuando íbamos a comenzar, un trueno resonó en la lejanía, a pesar de que el cielo se encontraba despejado. En el cielo vespertino, y pese a la luz del día, aparecieron estrellas nocturnas y, para colmo, un cometa funesto atravesó la eclíptica.

    Tal vez asustado por tales prodigios, un cuervo graznó y atravesó nuestra posición desde el lado izquierdo. El arúspice cayó de rodillas y, en plena conmoción, pidió perdón a los dioses.

    Nosotros nos miramos y cavilamos durante unos segundos. Tal vez no había sido el mejor día para consultar los auspicios. Mejor lo dejábamos para el día siguiente.

sábado, 9 de mayo de 2026

Firma el contrato

    Lo dijeron con suavidad, casi con simpatía, como quien le habla a un niño.

    "Firma el contrato".

    No habría habido ningún problema, si no fuera por el pequeño detalle de que él no quería firmarlo. Miró el papel que tenía delante, tomó el bolígrafo. Pensó en alguna manera de negarse, en un acto heroico que, en el último segundo, diera al traste con las ilusiones ajenas y llevara al triunfo de su voluntad. Pero había llegado a un punto en el que eso era complicado.

    Notó sobre sí la espada de Damocles, y una enorme presión se aposentó sobre sus espaldas. Pensó que, en el fondo, tampoco era un acuerdo tan malo. Incluso, se diría, era bueno para sus intereses. El único problema era que él no quería firmarlo.

    Tragó saliva, alzó el bolígrafo y estampó su firma como quien firma su propia sentencia de muerte. "Tampoco es tan malo...", iba pensando mientras lo hacía. "Tampoco es tan malo...".

domingo, 3 de mayo de 2026

El ahorcado

    - Dime una letra, anda...
    - No.
    - Venga, hombre, dime una letra.
    - Que no, que no...
    - ¡Que me digas una letra, coño ya!

    El condenado resopló. Sintió que, dijera lo que dijera, ya estaba muerto...

    - La hache.
    - ¿La hache?
    - La hache.
    - Pues vaya mierda de letra.

    Supo que había fallado cuando notó que la soga le empezaba a hacer presión en la garganta. Luego perdió el apoyo bajo sus pies. Se sintió flotar, suspendido del cuello, y la soga comenzó a presionarle la tráquea.

    Notó que le faltaba el aire; intentó abrir la boca, pero la presión contra el cuello era demasiado fuerte. Se puso rojo; después, morado. Empezó a suplicar que lo descolgaran, pero nadie lo oía. Pudo ver a los demás, diciendo también letras. Quizás alguno tuviera suerte.

    Los últimos estertores fueron agónicos; incluso deseó, en sus últimos momentos, haberse roto el cuello desde el principio, haber perdido la conciencia, haber muerto rápido.

    El juego, en cualquier caso, había terminado.