lunes, 23 de marzo de 2026

¿A quién quieres que asesine?

     Me lo dijo con total naturalidad.

     - ¿A quién quieres que asesine?

     Se había sentado junto a mí de forma aparentemente casual, como quien busca conversación en alguien sentado solo en una mesa contigua. Pronto me había comenzado a hablar de su labor.

     - Elimino a gente molesta. Molesta para otros. ¿Hay alguien molesto para ti? ¿A quién quieres que asesine?

     Cuando vio mi cara de sorpresa, decidió añadir alguna explicación extra.

     - No sale muy caro, en realidad. Y yo actúo de forma rápida y limpia, sin problemas y sin burocracia.

     No dije nada al respecto, pero me pregunté qué tipo de burocracia ahorraba. Supuse que las investigaciones policiales, claro. Me picó la curiosidad.

     - ¿Y cómo lo haces?

     Pregunté con total inocencia; no obstante, en cuanto mis palabras salieron de mi boca comprendí que, en el fondo, estaba mostrando interés en los servicios que ofrecía y, por consiguiente, interés, siquiera potencial, en hacer uso de ellos.

     Tampoco me importó demasiado. De hecho, desde el momento en que me contó lo que hacía, mi mente ya había comenzado a construir una lista de posibles víctimas. Y la idea comenzaba a seducirme.

     - ¿Podrías hacerme un dos por el precio de uno?

jueves, 12 de marzo de 2026

La navaja de Ockham

     Un día, Felicio le contó a Tomaso que tenía un fantasma en casa. O eso creía. Lo contó con verdadera angustia, como una confesión vergonzosa, y a Tomaso no le cupo la menor duda de que Felicio decía la verdad o, al menos, de que Felicio estaba convencido de que lo que le pasaba era real.

     Un tiempo después volvieron a encontrarse. Tomaso encontró a Felicio visiblemente alterado, físicamente demacrado y preocupantemente trastornado. Este contó, entre delirios, que había descubierto la identidad del fantasma y que estaba buscando la manera de enfrentarse a él y obligarle a abandonar su presencia espectral en este mundo. A trascender, dijo. Aunque no quiera, dijo.

     Tras el encuentro, Tomaso quedó muy preocupado por Felicio, de modo que, al día siguiente, trató de contactar con él. Le fue imposible. Le ha sido imposible desde entonces, de hecho, y de eso hace ya casi dos semanas.

     Tomaso sabe que los fantasmas no existen. Tal vez Felicio abandonó su casa para no volver, sin decirle nada a nadie. Tal vez tuvo alguna emergencia familiar o una oferta de trabajo urgente que le obligó a salir de forma precipitada. Hasta podrían haberlo secuestrado unos mafiosos. Cualquier hipótesis sería más factible que un encuentro con una entidad fantasmal hostil.

     Y, sin embargo, Tomaso intuye que, en este caso, la hipótesis más improbable tiene muchos visos de ser cierta...

domingo, 8 de marzo de 2026

La verdad es insoportable

     - Miénteme.

     Me lo dijo así, a bocajarro, sin tiempo para prepararme. La verdad es que estuve a punto de sufrir un cortocircuito. ¿A mí, que mienta? ¿Yo, que tengo por bandera mi sinceridad inquebrantable, contra viento y marea?

     Traté de decir algo, pero solo emití un balbuceo infantil y, sin duda, absurdo. Creo que se dio cuenta de mi incomodidad y, actuando con benevolencia, lo dejó estar.

     Luego dije algo todavía más estúpido. Algo como "las nubes son verdes" o "me llamo Diocleciano". Sonrió. Sonreí. Así que dije más bobadas, intentando enlazarlas, una tras otra, como una letanía que pretendiera ser interminable, como el "vamos a contar mentiras" de la canción.

     Comencé a darme cuenta de un hecho curioso. Lo estaba disfrutando. Supe entonces que me gustaba mentir y que no quería dejar de hacerlo.

     Llevaba ya un buen rato cuando sentí que mi actitud empezaba a molestar.

     - ¿Quieres parar ya? -me dijeron.

     Yo contesté que sí. Estaba mintiendo, por supuesto. La verdad era que no tenía intención de volver a decir una sola verdad en mi vida.

jueves, 5 de marzo de 2026

Entre las Pléyades

     - Algo pasa en Electra.
     
     Lo dijo con toda la calma del mundo, como si fuera una cuestión rutinaria. Le pedí que ampliara esa información.

    - Lo que oyes, capitán. Hemos dejado de recibir luz de la estrella de Electra. Creo, humildemente, que podemos empezar a temer que se produzca un contagio al resto de las estrellas de las Pléyades. Celeno ya está mostrando síntomas.

     "Humildemente", había dicho. Me pregunté cómo podía alguien humildemente diagnosticar un constipado interestelar y quedarse tan tranquilo.

     - Pero eso es muy grave -afirmé con un tono interrogativo subyacente.

     Mi segundo de a bordo asintió. No dijo nada más. Ya llevábamos años temiendo que la inestable situación política en la sociedad de los Molks, la raza mayoritaria en, al menos, cuatro de las Siete Hermanas de las Pléyades, terminara por estallar. El momento, lamentablemente, había llegado. O eso parecía.

     - Bien, pongamos rumbo a las Pléyades. Y que cada uno se encomiende a su Dios de cabecera. Necesitaremos toda la ayuda posible.

     No había yo terminado de hablar, cuando los pilotos introducían ya las coordenadas que nos llevarían, en apenas unos segundos, al entorno de las siempre bellas, pero siempre peligrosas, Siete Hermanas.