martes, 31 de marzo de 2026

Unas gotas de lluvia

     Ambos ejércitos, dispuestos frente a frente, se miraban desafiantes. Se habían situado en formación de combate, ambos al romper el alba, ambos con el deseo incontenible de destruir al adversario. Ya era hora, después de semanas de escarceos y pequeñas refriegas que no daban para satisfacer las ansias de victoria. Ahora, por fin, todo estaba preparado para combatir a muerte, en campo abierto, sin cuartel.

     Solo faltaba que los oficiales al mando dieran sus órdenes.

     Los dos oficiales se veían en la distancia, a lomos de sendos bellos caballos blancos, cada uno con su mano alzada, cada uno esperando a que el otro la bajara para hacer lo mismo y dar inicio a las hostilidades.

     Fue entonces cuando del cielo, ya nublado, comenzaron a caer unas gotas de lluvia. Finas, en un principio, pero insistentes en su afán por molestar. "¡Vaya!", se oyó a algún soldado quejarse. El oficial al mando del primer ejército trató de escudriñar en la distancia el rostro del oficial al mando del segundo. También le pareció disgustado por la cuestión climática.

     - ¡Todos atrás! -dijeron, finalmente, los dos casi al tiempo.

     Y, entre reniegos y voces de fastidio, todos los soldados regresaron a sus campamentos.

     Pelear a muerte bajo la lluvia es una lata.


jueves, 26 de marzo de 2026

Dame la razón por una vez

     - Dame la razón por una vez, anda...
     - No.

     Le miró de arriba a abajo. Se le mostraba altanero, seguro de sí mismo.

     - Pero en algo estaremos de acuerdo, ¿no?
     - No lo creo.

     La única solución, como sucede en estos casos, era darle la vuelta a la tortilla.

     - ¿Sabes que creo yo? Creo que nunca estaremos de acuerdo en nada.
     - Hombre, no creo que sea para tanto.
     - Pues estamos de acuerdo en que podríamos estar de acuerdo si quisiéramos.
     - No lo veo nada claro, la verdad.

     Notó que la desesperación se iba apoderando de él.

     - Bueno, será mejor que lo dejemos aquí.
     - Como quieras, pero porque tú quieres.
     - Sí, es porque yo quiero, en eso estamos de acuerdo.
     - O no.

lunes, 23 de marzo de 2026

¿A quién quieres que asesine?

     Me lo dijo con total naturalidad.

     - ¿A quién quieres que asesine?

     Se había sentado junto a mí de forma aparentemente casual, como quien busca conversación en alguien sentado solo en una mesa contigua. Pronto me había comenzado a hablar de su labor.

     - Elimino a gente molesta. Molesta para otros. ¿Hay alguien molesto para ti? ¿A quién quieres que asesine?

     Cuando vio mi cara de sorpresa, decidió añadir alguna explicación extra.

     - No sale muy caro, en realidad. Y yo actúo de forma rápida y limpia, sin problemas y sin burocracia.

     No dije nada al respecto, pero me pregunté qué tipo de burocracia ahorraba. Supuse que las investigaciones policiales, claro. Me picó la curiosidad.

     - ¿Y cómo lo haces?

     Pregunté con total inocencia; no obstante, en cuanto mis palabras salieron de mi boca comprendí que, en el fondo, estaba mostrando interés en los servicios que ofrecía y, por consiguiente, interés, siquiera potencial, en hacer uso de ellos.

     Tampoco me importó demasiado. De hecho, desde el momento en que me contó lo que hacía, mi mente ya había comenzado a construir una lista de posibles víctimas. Y la idea comenzaba a seducirme.

     - ¿Podrías hacerme un dos por el precio de uno?

jueves, 12 de marzo de 2026

La navaja de Ockham

     Un día, Felicio le contó a Tomaso que tenía un fantasma en casa. O eso creía. Lo contó con verdadera angustia, como una confesión vergonzosa, y a Tomaso no le cupo la menor duda de que Felicio decía la verdad o, al menos, de que Felicio estaba convencido de que lo que le pasaba era real.

     Un tiempo después volvieron a encontrarse. Tomaso encontró a Felicio visiblemente alterado, físicamente demacrado y preocupantemente trastornado. Este contó, entre delirios, que había descubierto la identidad del fantasma y que estaba buscando la manera de enfrentarse a él y obligarle a abandonar su presencia espectral en este mundo. A trascender, dijo. Aunque no quiera, dijo.

     Tras el encuentro, Tomaso quedó muy preocupado por Felicio, de modo que, al día siguiente, trató de contactar con él. Le fue imposible. Le ha sido imposible desde entonces, de hecho, y de eso hace ya casi dos semanas.

     Tomaso sabe que los fantasmas no existen. Tal vez Felicio abandonó su casa para no volver, sin decirle nada a nadie. Tal vez tuvo alguna emergencia familiar o una oferta de trabajo urgente que le obligó a salir de forma precipitada. Hasta podrían haberlo secuestrado unos mafiosos. Cualquier hipótesis sería más factible que un encuentro con una entidad fantasmal hostil.

     Y, sin embargo, Tomaso intuye que, en este caso, la hipótesis más improbable tiene muchos visos de ser cierta...