sábado, 9 de mayo de 2026

Firma el contrato

    Lo dijeron con suavidad, casi con simpatía, como quien le habla a un niño.

    "Firma el contrato".

    No habría habido ningún problema, si no fuera por el pequeño detalle de que él no quería firmarlo. Miró el papel que tenía delante, tomó el bolígrafo. Pensó en alguna manera de negarse, en un acto heroico que, en el último segundo, diera al traste con las ilusiones ajenas y llevara al triunfo de su voluntad. Pero había llegado a un punto en el que eso era complicado.

    Notó sobre sí la espada de Damocles, y una enorme presión se aposentó sobre sus espaldas. Pensó que, en el fondo, tampoco era un acuerdo tan malo. Incluso, se diría, era bueno para sus intereses. El único problema era que él no quería firmarlo.

    Tragó saliva, alzó el bolígrafo y estampó su firma como quien firma su propia sentencia de muerte. "Tampoco es tan malo...", iba pensando mientras lo hacía. "Tampoco es tan malo...".

domingo, 3 de mayo de 2026

El ahorcado

    - Dime una letra, anda...
    - No.
    - Venga, hombre, dime una letra.
    - Que no, que no...
    - ¡Que me digas una letra, coño ya!

    El condenado resopló. Sintió que, dijera lo que dijera, ya estaba muerto...

    - La hache.
    - ¿La hache?
    - La hache.
    - Pues vaya mierda de letra.

    Supo que había fallado cuando notó que la soga le empezaba a hacer presión en la garganta. Luego perdió el apoyo bajo sus pies. Se sintió flotar, suspendido del cuello, y la soga comenzó a presionarle la tráquea.

    Notó que le faltaba el aire; intentó abrir la boca, pero la presión contra el cuello era demasiado fuerte. Se puso rojo; después, morado. Empezó a suplicar que lo descolgaran, pero nadie lo oía. Pudo ver a los demás, diciendo también letras. Quizás alguno tuviera suerte.

    Los últimos estertores fueron agónicos; incluso deseó, en sus últimos momentos, haberse roto el cuello desde el principio, haber perdido la conciencia, haber muerto rápido.

    El juego, en cualquier caso, había terminado.

jueves, 30 de abril de 2026

El ruso

     Lo encontré, finalmente, en el aeropuerto. En la sala de embarque, una vez pasados todos los controles de seguridad. No tenía ninguna duda, sin embargo, de que iba armado.

     No es difícil identificar a un sicario en una sala de embarque. Un tipo solitario, serio. Descartamos a los niños que se arrastran por el pulido suelo, a sus padres desesperados, a los turistas con pinta de panoli y a los que ocupan tres asientos para echarse a dormir. El sicario, probablemente, está tomando un trago, aunque sean las ocho de la mañana.

     En este caso, además, era un ruso, muy ruso, indudablemente ruso, esperando para subir a un vuelo en dirección a Medellín. Blanco y en botella.

     Me senté a su lado y disimuladamente entablé con él conversación casual.

     - Hola, "tobarish" -dije, intentando parecer simpático.

     Mi intervención, sin embargo, no pareció hacerle ninguna gracia.

     Vi como, instintivamente, se llevaba la mano al interior de su chaqueta. Tragué saliva.


domingo, 26 de abril de 2026

La espada del verdugo

    Alzo la cabeza un momento, solo un momento, para observar a quienes tenía delante. Eran una multitud. Algunos continuaban gritándole, increpándole. Lo mismo le daba. Ya hacía tiempo que no oía nada.

    La mayoría, sin embargo, ya se preparaba para lo que se avecinaba. Quien más, quien menos, se llevaba las manos a la boca, o se tapaba los ojos para no ver lo que iba a suceder.

    Pensó que eran unos cobardes. Pensó que podría gritarles, él también, llamarles "cobardes" con toda la fuerza que sus pulmones pudieran proporcionar en aquella postura antinatural.

    Fue lo último que pensó. De hecho, no pudo hacerlo. Antes de que el grito brotara de su garganta, la espada cruel le segó el cuello de un tajo.

    Su cabeza, exenta, quedó depositada en una cesta, con los ojos abiertos y la boca preparada para la reprimenda póstuma.