martes, 29 de septiembre de 2026

Alguien me está siguiendo

    Alguien llevaba un tiempo siguiéndome. Ya desconfiaba yo de aquellas calles oscuras y solitarias, en las que el eco de tus propios pasos se repite hasta retumbar en tus oídos.

    Había recorrido un par de calles, y girado otras tantas veces, en lugares tan aleatorios que era altamente improbable que alguien a mi espalda llevara la misma dirección que yo. Era evidente que me seguían a mí.

    Me giré un par de veces, esperando sorprender al perseguidor. Llegué a verlo, y en cuanto eso sucedía, me giraba y continuaba mi camino. En un momento determinado, comencé a correr. A mis espaldas oí un grito, alguien que pedía que me detuviera.

    Una vez confirmado que me seguían, corrí aún más rápido. Corrí con desesperación. A punto estuve de tropezar en más de una ocasión, y de darme de bruces contra un muro, una esquina o un pivote.

    Finalmente me detuve, agotado, entregado a mi destino funesto. Observé como mi perseguidor se aproximaba. Portaba en la mano un objeto alargado, y di la vida por perdida.

    - Se le ha caído esto -dijo, mientras abría su mano y me enseñaba un bolígrafo negro.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Un paso adelante

    Le había costado un mundo decidirse, pero por fin estaba dispuesto para iniciar la marcha. Justo entonces, sin embargo, observó que alguien venía hacia él. Levantó la vista y sus miradas se cruzaron, cargadas de desconfianza y de sospecha.

    Solo después de estar seguro de que el otro había pasado de largo se dispuso, esta vez sí, a avanzar.

    Lamentablemente, en ese mismo momento observó que un grupo se le acercaba de frente. Los miró. Lo miraron. Gestos serios y ni una palabra. El tipo de gente que agradeces que pase de largo y se aleje de ti.

    Sacudió la cabeza, ligeramente consternado. Ahora sí, no obstante, estaba dispuesto a comenzar el avance inexorable.

    Levantó la cabeza para mirar el horizonte al que se dirigía y lo que vio lo dejó helado. Hordas de personas, un mar de gente caminaba hacia él. Era tanta que la masa humana se perdía en un punto de fuga indeterminado; tanta, que ocupaban todo el ancho del camino.

    No arrancó; no avanzó. Quedó en suspenso, preguntándose si, tal vez, la cosa era que él iba en dirección contraria.

lunes, 14 de septiembre de 2026

La maldición de los malditos

    - Existen objetos malditos. Objetos que convierten las vidas de sus poseedores en auténticas pesadillas.

    Era un tipo extraño, con pinta de iluminado. Pero también era extraño haber acudido a aquella pequeña tiendecita esotérica en una calle apartada en mitad de ninguna parte. Cuando estás desesperado, cualquier cosa vale.

    - ¿Y cómo me libro del objeto maldito? ¿Lo tiro?

    El tipo raro se mesó su barba kilométrica y negó con la cabeza.

    - Si lo tiras a la basura, volverá a ti. No puedes acabar con la maldición.
    - ¿Entonces?
    - Tienes que traspasarla.
    - ¿Traspasarla?

    El tío dibujó una sonrisa.

    - Tienes que coger el objeto maldito y regalárselo a alguien. Así le pasarás la maldición.
    - Por cierto, ¿querrías...?
    - No quiero nada tuyo, capullo. A mí no me des ni la hora.

    Salí de la tiendecita un tanto aturdido. Me eché la mano al bolsillo. Maldito fuera quien creó la maldición. Mis dedos, en el interior, rozaron el tornillo. El tornillo maldito. Joder.

    - A ver cómo regalo un tornillo, y a ver quién es tan tonto de aceptarlo...

domingo, 6 de septiembre de 2026

Mira lo que tengo

    - Mira lo que tengo -me dijo, con un secretismo poco común en él, mientras miraba inquieto a uno y otro lado.

    Sacó entonces de su bolsillo una cajita forrada de terciopelo, y la abrió ante mí, como quien muestra una sortija.

    Miré.

    No me pareció nada interesante, a decir verdad. Una bola aparentemente de plástico, de color amarillo, como de un juego de niños, o de un parque de bolas.

    - ¿Y eso qué es? -pregunté, sorprendido.
    - ¡Baja la voz! -contestó él, haciendo aspavientos con las manos. - ¿Es que no lo ves? Por este objeto me estoy jugando la vida, maldita sea. Creo, de hecho, que me están siguiendo. Son tantos quienes quieren este objeto que, a no ser que se maten entre ellos antes, es muy probable que no vuelvas a verme. Estoy entre la espada y la pared, querido amigo.
    - Pues vaya -dije entonces.

    Miré el objeto. Seguía pareciéndome una bola amarilla de un parque de bolas infantil.