En la penumbra de la retirada capilla, aquel cuadro destacaba por la viveza de sus colores, por la sencilla actividad de los monjes en el representados, por la naturalidad de sus facciones. Se diría que iban a ponerse a hablar en cualquier momento.
Una figura llamó mi atención. Se trataba de un monje con el rostro tapado por una capucha. Se sentaba en uno de los extremos de la mesa, hasta el punto de que su cuerpo aparecía cortado, saliéndose del marco. Supuse que en algún momento alguien había recortado el lienzo por cualquier motivo, dejando de aquella guisa al monje en cuestión.
El cuadro me gustó tanto que volví a la catedral tres días después solo para verlo. Me acerqué a contemplar la escena, pero el monje ya no estaba. Todos las demás figuras desplegaban las posturas y el colorido que ya recordaba de la vez anterior. Pero aquel monje que vi sentado en un extremo de la mesa había, literalmente, desaparecido.
Confuso, salí de la catedral pensando que era mejor no hacerme demasiadas preguntas ni contarle a nadie la experiencia, a riesgo de ser considerado un loco. Terminó de reafirmarme en dicha determinación el hecho de que, mientras cruzaba el atrio camino de la salida, creí verlo, al mismo monje del cuadro, sí, asomando medio cuerpo y mirándome, bajo su capucha, desde detrás de una columna.
domingo, 11 de octubre de 2026