Lo elevaron a los altares.
Lo hicieron caprichosamente, porque las masas son así, todos a un tiempo, aunque él sabía (y probablemente las masas también lo sabían, y lo aceptaban), que el hecho de que él fuera el elegido no era una mera cuestión de azar, que las opiniones habían sido dirigidas, que él realmente deseaba estar allí y había hecho lo posible para precipitar los acontecimientos, había movido los hilos, sembrado y trabajado las semillas que mueven a las gentes, esas que solo actúan inducidas.
Y desde arriba observaba.
Y desde abajo le miraban, y sonreían con admiración.
Y pasó el tiempo.
Y cuando quiso volver a bajar, lo pidió a unos, y a otros, y llegó a suplicarlo, y todos hacían caso omiso. Simplemente continuaban admirándolo, admirando lo que él significaba, el lugar en el que estaba, sin que les importaran lo más mínimo sus deseos, intenciones o sentimientos.
Así que él se sentó sobre su altar porque no tenía más remedio que dejarse ver, que dejar de ser el sujeto para convertirse en objeto a disposición de los demás.
Se sintió, desde ese momento, como el animal de un zoo masificado.
viernes, 1 de julio de 2005