lunes, 27 de febrero de 2006

Businessman

El joven científico se presentó ante el equipo consultivo de la empresa con un pequeño frasquito de cristal pulido en su mano.
- ¿Ven esto? ¿Saben lo que es? No, claro, ni se lo imaginan. Señores, es un placer para mí anunciarles la invención del elixir de la eterna juventud. Sí, sí, pongan cara de sorpresa, estará justificada. Con sólo tomar este frasco puedo alcanzar la juventud para siempre, señores. ¿Y saben qué es lo mejor? Lo mejor es que no he fabricado más y he destruido la receta. Lo tomaré aquí mismo, y mientras rejuvenezco me reiré de ustedes, usureros ambiciosos, me reiré de sus aplanadas y efímeras vidas, de sus realidades sexagenarias que comienzan a saludar de cerca a la muerte, de sus mentes geriátricas y de sus patéticos intentos de volver atrás en el tiempo. El tiempo es mío, lo tengo en este frasco, y ustedes sólo prodrán verlo descender por mi garganta.
Dicho esto, el científico tragó. Su sonrisa no tardó en desvanecerse, se arrojó al suelo y, retorciéndose de dolor, pereció allí mismo, ante la atenta mirada de los viejos del equipo consultivo. Unos reían, otros se dejaban caer en sus sillones satisfechos, otros brindaban con el fruto de la receta que habían robado del laboratorio y que habían sustituido, a escondidas del científico, por unos mililitros de cianuro.