Tedio.
Bonita palabra, ¿verdad? Suena bien... te... dio... y, por cierto, para algunos es inevitable.
Dicen ellos que la vida, a medida que se vive, lleva, forzosamente, al tedio más absoluto:
"Y total, para qué hacer tantos viajes, si al final todos resultan iguales, las ciudades se parecen todas. Y para qué conocer a tanta gente, si al final nadie te ofrece nada, todas las personas terminan en el mismo saco. Y las películas, cuando has visto una las has visto todas. Y para qué leer 100 libros si con uno vale, y para qué construir diez castillo si son iguales, y para qué completar los 14 ochomiles, o atropellar a tres vacas por la carretera si, total, el tedio te va a consumir tarde o temprano, si todo termina por cansar."
Si esta teoría apocalíptica de la vida es cierta (lo cual es posible), me quedan tres opciones:
· O no pienso en lo que hago y sobrevivo como una ameba (opción elegida por la mayoría, pese a no ser especialmente satisfactoria).
· O vivo con la ilusión de que las cosas van a cambiar tanto y con tanta frecuencia que el tedio dejará de apoderarse de mí (aunque supongo que también me cansaría de desarrollar ilusiones frustradas).
· O prefiero morirme y mantener diálogos con los muertos al estilo lucianesco, que los muertos siempre dicen cosas interesantes (¿me cansaría también de hablar con los muertos?).
Por cierto, ¿y las gárgolas? ¿Cuándo vendrán a hablarme las gárgolas? Desde que el barroco está démodé se encuentran tan cálladas y tan cómodas instaladas en su anonimato...
viernes, 3 de marzo de 2006