lunes, 13 de marzo de 2006

Como pisar insectos con el pie descalzo

Los guijarros se le clavaban como puñales sobre las plantas de los pies.
Miró a la cima de la colina donde se encontraba la cabaña del maestro. Aún quedaba un buen trecho, y el peregrino no pudo evitar maldecir el camino que abrupto y serpenteante subía por la ladera como unos intestinos extendidos sobre un plano, así como la estúpida costumbre de ascender descalzo, sólo para sufrir, a recibir el consejo y las enseñanzas espirituales del maestro.
Llegó a la cima varias horas después, jadeante. La puerta estaba abierta, y en el salón, colgado del techo por una soga atada a su cuello, pendía el cuerpo del maestro. Su evidente estado de putrefacción, su llamativo hedor y los insectos comensales que se daban un festín apiñados sobre su cuerpo le confirmaron al peregrino, en primer lugar, la muerte del maestro, en segundo lugar su suicidio y, por último, el hecho de que mucho tiempo había pasado desde la salida del peregrino anterior.
Probablemente lo mató la soledad, pensó el recién llegado, mientras asumía como penitencia y primera prueba de su nuevo maestro la labor de retirar el cadáver, hacerlo desaparecer y limpiar los excrementos que, pegajosos ya y resecos por el tiempo, serían verdaderamente difíciles de eliminar...