viernes, 17 de marzo de 2006

Desayuno con nenúfares

Cuando hubo terminado, recogió unos nenúfares y los puso en un pequeño recipiente sobre la mesa. Vació su mente, cerró los ojos y dejó que el tiempo se parase. En el exterior no había nada, un universo blanco luminoso, sin forma ni objetos. En el interior, el mismo color blanco acompañado de una cálida sensación de bienestar.
¿Y si decidiera no despertar?
Imposible. No decidiría nada, su mente estaba vacía, ningún pensamiento osaría cruzarla. Sucedería, simplemente, lo que tuviera que suceder. Y, si el tiempo se había detenido, si no había movimiento, si el cosmos había devenido fijo e inerte como una acuarela, los nenúfares seguirían siempre ahí, lozanos, bellos, y él no abandonaría nunca su estado de felicidad...