Hubo un tiempo en que los duendes pululaban a mi alrededor y me susurruban al oído palabras que, con su vocecita de niño tímido, yo no podía entender.
No sé si fue por mi escasa capacidad de comprensión, o porque perdí interés para ellos, o simplemente porque tenía que ser así, el caso es que los duendes desaparecieron. Hasta ayer, claro.
Volvieron sin avisar, como a ellos les gusta, y sin necesidad de psicofonía alguna. Esta vez se han traído a unos amigos, de modo que ahora sus voces son tan numerosas que apenas caben en mi cabeza, y la suma de sus susurros tan atronadora que me siento reventar.
Lo peor es que sigo sin poder comprender lo que dicen. Poco a poco, no obstante, siento que capto el significado de algunas palabras sueltas. Sobre todo cuando oigo a los duendecillos verdes. Son éstos los que hablan con más claridad. Me piden, en tono autoritario, aunque educado, que me detenga y me eche a un lado...
lunes, 3 de abril de 2006