Nada más cerrar la puerta, el genio tuvo una extraña sensación.
Inmediatamente, se palpó el bolsillo del pantalón. Allí estaba su diente de ballena de la suerte. En el forro de su chaqueta estaban, como era su obligación, el condensador de ilusiones y el controlador de efectos climáticos. Llevaba igualmente sus gafas captadoras de disgustos, su cerilla de combustión eterna y su alambre infinitesimal. ¿Por qué tenía entonces la sensación de haber olvidado algo?
Miró hacia atrás como quien repasa un pasado lleno de incertidumbres. La lámpara maravillosa que le servía de hogar nunca había estado tan reluciente. ¿Y si había dejado encendida la llave del gas, o la luz del baño? Quizá debería volver a comprobarlo...
Cuando quiso abrir y se dio cuenta de que había olvidado la llave en la mesilla del salón se sintió desfallecer. Él, el genio, sin poder entrar en su lámpara maravillosa.
Jamás se le ocurriría pedirse un deseo a sí mismo, por supuesto, ya sabía de las nefastas consecuencias que los deseos traían a los incautos que entraban en su juego. Y mucho menos solicitaría la ayuda de un cerrajero, a saber el número de deseos que podría pedirle a cambio.
Se retiró con la cabeza baja y arrastrando los pies. Funesto destino, el de los privilegiados. Ahora tendría que buscarse otra vivienda, tal vez una litrona de cerveza...
Mientras dejaba atrás su querida lámpara, el condensador de ilusiones comenzaba a gotear aceite y las gafas captadoras de disgustos brillaban como el interior de una discoteca setentera...
martes, 18 de abril de 2006