lunes, 22 de mayo de 2006

Ring, ring

Suena mi teléfono móvil. Juraría que lo había dejado en silencio, pero debo de estar equivocado, porque es evidente que suena. Afortunadamente, no desata ninguna de esas demenciales sintonías con las que la gente moderna recibe las llamadas de los demás, sino que muestra un ring, ring tan clásico y austero que parece inventado por el propio Alexander Graham Bell, el inventor del artilugio.
Mientras me sorprendo por la paradoja de que un tipo llamado "Bell" invente un aparato que se sirve de un timbre para funcionar y me pregunto si se sentiría identificado con los cacharritos que se fabrican ahora, descuelgo (perdón, pulso el botón de ON) y pregunto quién es.
Soy yo. Al menos, es mi propia voz la que me responde, y con tanta frescura y capacidad de diálogo que renuncio de inmediato a creer en grabaciones o reproducciones artificiales de sonido.
Si hablo yo, será que estoy en otro lugar, aparte de este, ¿no? Trato de preguntarle al yo que se encuentra al otro lado de la línea (perdón, del satélite de comunicaciones), pero me contesta que me deje de sandeces metafísicas y que tiene algo realmente importante que decirme.
Que quedamos a las cinco donde yo ya sé.
Ha colgado (perdón, pulsado el OFF) y yo no tengo ni idea de qué sitio es ese. Aunque, si el del otro lado era también yo, se supone que yo sé dónde he quedado, ¿no?
Igual debería llamarle para confirmar el lugar de la cita. Ah, imposible, era un número oculto. Mecachis. Es que no hay nada como las operadoras de antes, eran tan amables y tan eficientes...